GERARDO ARNDRÉS LISI -VENEZUELA-

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Gerardo Andrés Lisi es un joven escritor de Caracas, Venezuela. Ha publicado varios relatos en revistas literarias de renombre (Pluma, Óclesis, Revista Zur, “De tus besos y un café”, entre otras) y participó en una antología sobre la pandemia. Actualmente trabaja en su primera novela, que va de sangre, revólveres y niñas con espadas.
 
Puedes contactarlo en su email: gerard000lisi@gmail.com
O por Instagram: @andy_wise9
 

EL CORTE DEL SR. KING
 
Aquel sábado fue un día de parque, como Kendrick y Eli los llamaban. Eran un matrimonio joven: Llevaban a su hijo al kínder, hacían el amor cada que podían y salían a cenar seguido, pero también eran inexpertos y a veces sentían que el mundo los atropellaría. Su hijo, Henry, era un niño obediente. Amaba cuando su papá, Kendrick, lo llevaba en hombros por el parque y entre las montañas de hojas secas y quebradizas de otoño. Henry adoraba el béisbol y gritaba de emoción cuando veía una mariposa. Era más mejillas qué rostro, según la abuela, con los dos dientes frontales separados y ojos enormes que desbordaban inocencia.
 
—Vamoz a jugar béizbol, papá… —Su frenillo al hablar era incluso tierno, pero Eli le dijo a Kendrick que habría que ponerle reparo o se le quedaría de por vida.
 
Jugaron un emocionante partido de béisbol en Central Park, y Henry lo vivió con la misma emoción que los Yankees aquel 8 de octubre del 56. Kendrick tenía diez años. Mientras almorzaban se entretuvieron hablando de lo que harían para el cumpleaños de Henry.
 
—¿Cuántos años vas a cumplir? —le preguntó Eli, para corroborar que Henry había aprendido a contar. El niño hizo un cinco con los dedos.
 
—Quiero una fiesta de Capitán América —dijo Henry excitado. Kendrick dudaba poder pagar muchas cosas para el cumpleaños, pero se limitó a asentir.
 
Volvieron del parque  a eso de las seis. El atardecer era precioso. Henry saludó a un guardia de seguridad en la acera de Witcham St., pero él solo lo miró desde lejos. Kendrick llevaba a su hijo agarrado de la mano, del lado contrario a la calle, mientras jugaban al veo-veo.
 
—¡Papá, papá! Veo, veo, con mi ojo feo, algo que empieza por… ¡Pe!
 
Juguemos: ¿Qué veía Henry? Algo en la calle que empiece por “P”.
 
Kendrick se quedó pensando, viendo el paisaje.
 
—¿El puente?
 
—Nop.
 
—Las personas —dijo Eli.
 
—No, no.
 
—Ok, Capitán América, necesito una pista —dijo Kendrick—. ¿De qué color es?
 
—Negro —respondió Henry con una sonrisa.
 
—¿Qué forma tiene? —preguntó mamá.
 
Henry se quedó pensando un rato, con la lengua asomada entre los labios.
 
—Es grande y grueso, como un palo. Pero no es un palo.
 
—¿Estás seguro que empieza con “P”…?
 
Kendrick y Eli se miraron confundidos y preocupados. Al verse a los ojos se les escapó una risa de complicidad.
 
—No lo sé, chico, nos rendimos —dijo mamá.
 
—¡Ah, mamá! Es un p-o-s-t-e. —El pequeño Henry se echó a reír, con el pecho hinchado por haber ganado el juego.
 
Kendrick venía pensando en las facturas, en la cuenta de la luz y lo que le debían al doctor cuando escuchó el rugido de un coche a sus espaldas. Apretó un poco la mano de Henry. Él estaba del lado de la acera, fuera de peligro. Ahora, si rascaba unos cuantos dólares de la comida esta semana, podrían tener papel para el doctor. Ahora que lo pensaba, era buena idea ir reuniendo para el fondo universitario de Henry y… Entonces el tiempo colapsó.
 
La pelota voló de las manos de Henry. Kendrick no pudo agarrarlo. El coche de atrás aceleró. Kendrick corrió para agarrar a su hijo en la calle. Henry agarró su pelota. El coche giró en la esquina, directo hacia Henry.
 
—¡Maldita seas, Rita! ¡Voy llegando! —El piloto le gritó al teléfono.
 
Un frenazo. Eli gritó.
 
—¿Papi?
 
Los transeúntes contuvieron el aliento y un súbito golpe quebró el día.
 
Kendrick parpadeó y todo había sucedido. Su hijo ya no estaba. El coche entre los dos carriles, la línea humeante de la llanta en el piso. Solo un zapato de Henry adornaba el asfalto. El olor a frenos quemados.
 
El niño salió disparado hasta la otra calle y aterrizó en una jardinera. Su diminuto cuerpo quedó destrozado. Órganos reventados, el cráneo roto… Al menos estaba muerto cuando aterrizó. O eso dicen.
 
Kendrick vió la cara del piloto durante un instante. Hombre blanco, cara cuadrada, ojos verdes. El piloto retrocedió, pisó el acelerador y se perdió en la calle. La gente pedía auxilio y se aglomeraron para intentar ayudar, pero era inútil. Kendrick lo sabía.
 
Claro que hubo una investigación, pero nada más allá del mínimo esfuerzo. Llevaron a decenas de hombres a la fiscalía, todos con la descripción que Kendrick les dió. Tuvo que identificarlos a todos, pero ninguno era el responsable. Kendrick se había grabado a fuego ese rostro en la memoria.
 
—Son todos los hombres que coinciden con tu descripción, tiene que ser uno de ellos —le dijo el fiscal de distrito mientras le ofrecía café en un vasito de plástico.
 
—¿Qué hay con el coche? —preguntó Kendrick. Eli se había aprendido la matrícula: CNY 3361.
 
—Es un vehículo rentado. En el concesionario corroboramos que pertenece a una Harley Davidson, no a un coche. Su esposa debió haberse confundido por el shock.
 
Kendrick había visto esas situaciones en el barrio. Aquello solo significaba que alguien dió buena pasta para ocultar su cola en la madriguera del conejo. Y más valía que así fuera, pensó Kendrick, porque el Señor debía saber que reconocería el rostro del bastardo si algún día lo encontraba.
 
Ella se consumió en terapias grupales… y cuando no lloraba sufría insomnio. Kendrick se entregó  al trabajo veinticinco horas al día y Rizos Barber Shop se hizo realidad solo dos años después del accidente. Con los años se convirtió en la barbería de negros más popular del barrio y Kendrick y Eli consiguieron salir del barrio. Se mudaron a un modesto apartamento en un vecindario de blancos, para que Kendrick pudiera encargarse en persona de su segunda y nueva barbería: HENRY 'S, un sitio elegante.
 
Como sabemos, Reagan estaba por dejar el puesto en el 84 y  los candidatos más fuertes a ocupar la presidencia eran Judith Abramson, demócrata, y Clifford King, republicano hasta la médula. Incluso entonces ciertos medios afirmaban que la economía de la gran manzana era la peor del país, y los candidatos luchaban por el derecho a remediarlo. Por su parte, Kendrick estaba en su mejor momento. Ya sabes, los pobres se hunden en el río y los ricos construyen puentes. Eso significa eventos y galas finas, y si quieres ir presentable y verdaderamente elegante sólo hay un lugar al que ir: Henry 's.
 
Kendrick llegó a afeitar a los hombres más ricos y poderosos de América; incluso colgaba sus fotos en un muro del local. Elvis Presley, Xavier DuPont, David Bowie, Charlie Parker, hasta al mismísimo Henry Ford. Kendrick trabajó de sol a sol, durante quince años en Henry 's antes de afeitar a un Presidente de los Estados Unidos.
 
Un día, uno de los candidatos a las presidenciales de 1984 fue a hacerse un corte de cabello, y no vas a creer quién era.
 
Kendrick se preparaba para cerrar la barbería un viernes cualquiera, listo para ver Bonanza con Eli, cuando sonó la campanilla de la entrada. La puerta escupió a un hombre alto y fornido, con más bolas en los brazos que un saco de papas, metido en un traje Arnold-Palmer.
 
—Está cerrado —dijo Kendrick—. Mañana estaré encantado de recibirle.
 
—¿No tendrá tiempo de atender a un último cliente? —preguntó el hombre, una suerte de Elton John con esteroides—. Es mi jefe.
 
—¿De quién se trata, caballero? —Ojalá fuese alguien importante, pensó Kendrick. Si agregaba otra foto a la pared antes de irse, al menos tendría algo que contar a Eli durante los cortes comerciales de Bonanza.
 
—Clifford King —respondió el hombre, con una sonrisa.
 
Uno de los candidatos más sólidos a las elecciones presidenciales, y el predilecto de Kendrick. King tenía su voto ganado. El hombre luchaba por mejorar las escuelas y peleaba por los derechos de los negros. Podría jurar que sería presidente, y Kendrick esperaba que así fuera. De este modo, ¿cómo negarle un corte de cabello al futuro Presidente de los Estados Unidos de América? Impensable.
 
—Dígale que tome asiento —respondió Kendrick y fue a por la bata y sus tijeras personales: Unas Spring de acero muy afiladas.
 
Kendrick volvió con sus instrumentos de barbería y los apoyó con rapidez en la mesa, para estrechar la mano de Clifford King. Era alto como un mueble, con hombros de nadador. Tenía ojos verdes y una barba francamente descuidada. También era “demasiado blanco”, como bromeaba Kendrick con sus hermanos y otros negros. Sin embargo, por alguna razón, su piel tan blanca y sus manos tan suaves no le molestaban a Kendrick, porque los ojos de Cliff transmitían humildad.
 
—… El placer es mío, señor King. Por favor, siéntese. ¿Puedo ofrecerle algo de beber?
—Nada, muchas gracias. ¿Ustedes quieren algo, muchachos? —preguntó a sus guardaespaldas.
 
Negaron con la cabeza, sentados en los bancos de cuero sueco al lado de la puerta.
—¿Qué corte le gustaría, señor King? ¿Desearía ver nuestro catálogo?
 
—No, justo por eso acudí a aquí. Porque quiero la opinión de un experto, un verdadero experto. Verá, quiero probar un estilo completamente nuevo. Reinventar mi imagen, usted me entiende.
 
—Quiere un corte que diga “Presidente”, señor —dijo Kendrick, buscando sus tijeras y el talco.
 
Clifford se echó a reír.
 
—Bueno, no voy a mentirle, esa es la meta.
 
—Así será, señor. Si Dios quiere. —Kendrick se puso a espaldas de su cliente. Cortó el aire con las tijeras—. Claro, despreocúpese. Le haré un corte apropiado para un hombre de política, señor. Aunque habrá que hacer algo con esa barba también, señor.
 
Kendrick comenzó a trabajar en el flequillo de Clifford, mientras medía que las patillas quedasen parejas.
 
—¿Cómo es que nunca había venido por un corte, señor? Todos los hombres que han dejado algo bueno a este país pasaron por aquí.
 
—Lo que sucede, es que este es un sitio para personas de clase alta.
—Bueno, en su mayoría, pero no se deje engañar. Yo no nací en cuna de oro. Bueno, creo que es obvio.
 
—Ni yo tampoco, Kendrick. Trabajé duro para llegar a donde estoy, ¿sabes? He escalado poco a poco, con el sudor de mi frente y mucho trabajo.
 
—Yo también, señor. Se lo aseguro, en el barrio no era nada bien visto que un chico quisiera cortar cabello.
 
Kendrick rebajaba los cabellos a los lados de la cabeza de Cliff.
 
—Un rebelde, ¿no es así?
 
Kendrick alzó los hombros con una cómica y exagerada expresión. Tanto que Cliff soltó una risa.
 
—Por eso admiro a los de tu clase, ¿sabes?
 
—¿Los de mi clase, señor?
 
—Las personas trabajadoras, quiero decir. Bueno, nuestra clase. Uno se traga mucha mierda y no borra esa sonrisa ni pierde el sentido del humor.
 
Era la primera vez Kendrick escuchaba a un blanco decir malas palabras.
 
—Claro que sí, señor  —Y se rió sin poder evitarlo—. Uno pasa mucha mierda, pero no puede dejarse vencer.
 
—Un guerrero, eso es usted. Debe ser un excelente padre también, no lo dudo. Tiene hijos, ¿no?
 
Kendrick dudó un momento.
 
—Vamos a darle el mejor estilo de barba para un Presidente, que es usar nada de barba, por supuesto.
 
—Claro, claro.
 
El barbero respiró hondo.
 
—Tengo un hijo —dijo, sin entender qué hacía—, acaba de graduarse de la universidad. Tiene veinticinco años, se llama Henry.
 
—Un profesional, eso es excelente. ¿Qué estudió?
 
—Es abogado, pero su verdadera pasión siempre fue el béisbol. Ya fue fichado para el equipo nacional, ¿sabe? La meta son los Yankees, ya sabe.
 
—Eso sí que es grandioso. —Cliff alzó el mentón para dejar que Kendrick le cortase el vello de la papada—. Todo el éxito del mundo para Henry el beisbolista.
 
—Sí…
 
Kendrick le afeitó el resto de la barba y sintió que el corazón se le cayó al piso cuando le limpió la crema de afeitar y vió su rostro despejado.
 
«Blanco. Cara cuadrada. Ojos verdes.»
«Blanco. Cara cuadrada. Ojos verdes.»
«Blanco. Cara cuadrada. Ojos verdes.»
 
Se tambaleó del shock, pero se apoyó de la peinadora.
 
—¿Todo en orden, señor? —Cliff sonó bastante preocupado.
 
Kendrick asintió.
 
—¿Seguro? —Preguntó.
 
Kendrick asintió.
 
Cliff se vio la barba y el corte de cabello en el espejo.
 
—Vaya hombre… No tengo ni un tajito de barba, ni un punto de sangre. Usted es sin duda el mejor barbero, si me permite el halago.
 
Kendrick sintió que le daría un infarto. «Es él», se dijo. ¡Es él! Le acababa de dar un afeitado al asesino de su hijo.
—Bueno, creo que estamos listos  —dijo Cliff, poniéndose de pie. Kendrick le apretó los hombros y le hizo sentarse de golpe—. ¿Qué pasa, hombre?
 
Los guardias se pusieron atentos.
 
—Las patillas, señor King —intentó fingir una sonrisa—. Quedaron torcidas.
 
—Yo las veo bien.
 
—Creame. —Kendrick sacó la hojilla y se la apretó en la cabeza—. Hay imperfecciones que corregir.
 
Kendrick vio por el espejo mientras le alineaba supuestamente las patillas al bastardo de Clifford King. Los guardias estaban distraídos en las revistas de farándula.
«Llegó la hora de hacer justicia», se dijo. «Por mi pobre Henry.» Apretó la hojilla contra Cliff y su cuello carnoso.
 
Sería tan fácil. Podía cortarle la yugular ya mismo, nadie podría salvarlo. Podría alegar que fue un accidente y pagar una cadena más corta, sí… El deseo lo llenaba a cada segundo, como un globo que se llena de aire y se hincha («Vamoz arriba, arriba, arriba...») justo al punto antes de estallar. Pero algo le detuvo, y bajó la presión. Movió la hojilla para evitar que Cliff sospechara algo.
 
Podría matar a ese bastardo ya mismo, pero… ¿Eso cambiaría algo? ¿Traería a Henry de entre los muertos como a Jesús? («Haré justicia») Kendrick tenía una vida de esfuerzos y sacrificios, una dedicación fija, fue cierto lo que le dijo a Cliff. ¿Cambiaría todo por venganza? («Haré justicia por mi Henry») Estaba apostando con el diablo.
 
—¿Todo bien?
¿Y eso sería justo? ¿No es acaso Jehová el único que puede juzgar? («Tengo que matar a este cerdo. Es mi deber como hombre y como padre. Si Jehová permitió este momento es por algo») ¿Y si solo es una prueba para ti? A Kendrick iba a explotarle la cabeza y sentía que su corazón estaba previo a un infarto. Y encima, ¿serías tan egoísta para negarle a tu país un buen Presidente? Porque no puedes negar que es un político espléndido; con una simple conversación te hizo su hermano. Si seguían hablando, seguro ni le cobraba el corte.
 
«¿Qué bien puede hacer este perro?»
 
Quiere ayudar a la gente. Va a sacar del lodo a tu barrio, a tu gente («Sólo eres un negro que le chupa las botas a los blancos, Kendrick»). Es el único político que ha pensado en ellos. Claro, pero solo piensas en ti mismo… («Eso es mentira») ¿Verdad?
 
Mátalo para que tu vida y la de Eli se vayan a la basura de una vez por todas. Mata a Clifford King y conviértete en otro negro asesino. Solo parte de las estadísticas.
«Ellos quieren que lo haga. Dios quiere que lo mate.»
 
En el mejor de los casos los gorilas de sus guardaespaldas te darán la paliza de tu vida, a lo mejor te disparan  en la cabeza y queman la querida barbería que tanto luchaste por sacar a flote.
 
La oportunidad es ahora, Cliff está medio dormido de tanto esperar que termines. ¿Qué vas a hacer, Kendrick?
 
«Puedo degollarlo en un movimiento rápido”
 
¿Qué vas a hacer?
 
«¡No lo sé!»
 
¿QUÉ VAS A HACER?
 
—¡Hey! —dijo uno de los guardias. El hombre le había puesto una mano en el hombro y tenía la otra en el bolsillo de su chaqueta Arnold-Palmer de cuero, apretaba el mango de su pistola—. ¿Qué diablos te pasa?
 
Estaba viendo a Kendrick, con el rostro sudado y la hojilla, apuntada a modo de cuchillo contra el cuello de Clifford.
 
Kendrick no supo qué hacer.
 
Clifford dio un respingo sonriente. Parecía haberse dado cuenta de todo y sin embargo estaba calmado.
 
—¿Estamos listos?
 
Kendrick se quedó callado.
 
—¿Estamos listos? —preguntó el guardaespaldas. El barbero sentía el sudor recorriendo su espalda.
 
—Sí —dijo con un hilo de voz.
 
Cliff se levantó, dejó el pago en la mesa y le tendió la mano a Kendrick.
 
—Usted es un maldito profesional, amigo. Gracias por todo.
 
—Le voy a pedir algo, señor King —dijo Kendrick, aún estaba atónito. Se sentía irreal, como una pintura—. No vuelva jamás a mí barbería, ¿le queda claro? Nunca. Si lo veo afuera voy a escupirle la cara y a echarlo como a un perro.
 
Fue como si a Clifford le hubiera golpeado un uppercut en el rostro.
 
—Entiendo —dijo al cabo de un rato, y retiró su mano sin estrechar. Le dijo a sus guardaespaldas que salieran primero y él fue tras ellos—. Oh, señor, antes de irme, recuerde saludar  a su hijo de mi parte. Henry, el beisbolista.
 
Clifford salió de la barbería y no entró nunca más.
 
Kendrick mantuvo todo el incidente en el más estricto secreto. Se lo llevaría a la tumba.
Dos días después, alguien rompió una ventana en la barbería. Quebraron el cristal con una pelota de béisbol que quedó dentro de la barbería. Kendrick la recogió y la guardó en su despacho. No tenía modo de probarlo, pero de algún modo supo que Clifford King sería el Presidente más temido que su país habría tenido nunca.
 
Y sería su culpa.