ALEJANDRO CHANG HERNÁNDEZ -CUBA-

Nací el 13 de febrero de 1990 en la ciudad de Ciego de Ávila, provincia de igual nombre, Cuba. Soy ingeniero industrial, y escritor aficionado desde los 13 años. Desde pequeño me incliné por la literatura, siendo mis géneros preferidos la poesía y el cuento corto. Mi principal guía fueron mis padres y mis profesoras de Español y Literatura durante las enseñanzas primaria y secundaria. Hace poco tiempo publiqué a través de la Editorial Letra de Kambio, mi primer libro de poesía en ebook, titulado Palabras de un poeta aficionado, encontrándose en proceso de edición el formato físico. Poseo una página en Facebook llamada Palabras de un poeta aficionado. Mis cuentas en Facebook e Instagram son Alejandro Chang Hernández y alechangh, respectivamente. También tengo una cuenta en Wattpad, AlejandroChang7. He publicado textos, incluyendo poemas, cuentos y microrrelatos, en varias revistas, como son Letras y Voces, Cósmica Fanzine, Afrodita y Doble Voz, así como en los Blogs La Pluma Azul y La Artífice Mail Art. En estos momentos organizo varios proyectos de publicación, incluyendo un libro de poesía y otro de cuentos. Mis letras buscan brindar apoyo, esperanza, lograr que cada lector pueda identificarse con un pedacito de cada texto.
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TRAVESÍA TENEBROSA 


El yate se aleja poco a poco del muelle, arrastrado por la corriente y el impulso de su poderoso motor. Las casas y los árboles del bosque circundante se vislumbran cada vez más pequeños.
-¡Esto es una locura! Debemos volver.
-¡No seas marica, José!
-¡Tengo miedo!
-No te preocupes, chaval, verás que nos vamos a divertir mucho.
Sobre la pequeña cubierta se asoman las cabezas de 6 chicos, todos adolescentes. Sus edades rondan los 15 años. Buscando más detenidamente, resalta a la vista la ausencia de adultos. Y no los hay.
Esta aventura comenzó unos días atrás cuando todos esperaban con ansias la semana de receso escolar. Reunidos en el parque del pueblo, estudiaban las posibles ideas para pasar los días siguientes.
-No se me ocurre nada interesante, salvo hacer lo mismo de siempre. Jugar al fútbol, empinar papalotes o salir al monte a cazar tomeguines y azulejos.
-Yo tampoco logro pensar en nada.
Con las cabezas gachas, Luis y Cristóbal miran al suelo contrariados. El resto del grupo también siente el peso del ocio.
De pronto, Carlos da un salto y levanta las manos con alegría.
-¡Ya lo tengo! Nos iremos de viaje a la isla de Caimán Grande. Vamos a pasar dos o tres días, explorando sus rincones.
-¿Estás loco? ¿Cómo vamos a ir hasta allá?-Pregunta José exaltado.
-¿Vamos a ir solos? Es peligroso.-Comenta Luis, frunciendo el semblante.
-Chicos, chicos. No sean cobardes. Tomaremos prestado el yate de mi padre. Es fácil de maniobrar y la isla está a solo 20 kilómetros mar adentro. En una hora estaremos allá.
-¿Y tu padre nos lo prestará? Lo dudo mucho.-Cristóbal lo mira sorprendido.
-No se preocupen. Mis padres están de viaje hasta la semana próxima. Para cuando regresen ya estaremos de vuelta. 
-Bueno, está bien. Será toda una aventura de piratas.-Sofía se une a la conversación entusiasmada.
-Entonces estamos de acuerdo. Quedamos el sábado a primera hora de la mañana en el muelle. Traigan todo lo necesario para acampar: comida abundante, casas de campaña, agua, sacos de dormir, etc.
El sábado muy temprano todos se reúnen en el muelle. Cada uno llega abarrotado con disímiles paquetes: cañas de pescar, pomos de agua, galletas, pan, conservas, mantas, lámparas recargables, casas de campaña, entre otras muchas cosas, algunas realmente innecesarias.
Embarcan todo y luego de subir a bordo, sueltan las amarras y toman rumbo hacia el norte, dirección en la que se encuentra la isla.
Nerviosos, los muchachos caminan de un lado a otro, riendo y bromeando sobre las futuras travesuras que realizarán. El barco navega sobre unas aguas totalmente en calma y de un azul intenso. Sin embargo, nadie se percata de que el horizonte ha cambiado de color, tomando una tonalidad rojiza, señal de que se aproxima una de las terribles tormentas que azotan el Caribe en el verano.
A los pocos minutos, comienza a soplar un viento molesto y frío. Las olas azotan cada vez con más furia los costados del yate. Los chicos asustados, se refugian en el camarote. Solo queda al mando del  timón César, el más atrevido y arriesgado de  todos.
-¡Vamos a morir!-Grita Lucía, aterrorizada y temblorosa.
-¡Quiero a mi madre! ¡Quiero irme a casa!-Escondido debajo de la cama, José no para de llorar.
-¡Vamos, chicos! ¡Un poco de valor! Les prometo que saldremos de esta. Yo los protegeré.-César trata de infundir ánimos desde su puesto, esforzándose por dominar la rueda del timón, que gira descontrolada.
Comienza a llover torrencialmente, barriendo con ráfagas continuas la frágil nave. César recorre con la vista el horizonte en todas direcciones, tratando de descubrir algún vestigio de tierra donde refugiarse del terrible vendaval. Nada aparece ante sus ojos, solo el mar infinito. Tratando de concentrarse, estudia la situación rápidamente. Comprende que lo más necesario es comunicarse con alguien para pedir ayuda. Toma el micrófono de la radio con mano temblorosa y llama pidiendo auxilio.
-¡SOS! ¡SOS! Aquí el yate Magnolia, pidiendo auxilio. Repito. Aquí el yate Magnolia, pidiendo auxilio.
Espera unos segundos que parecen años. Nadie responde, solo se oye el pitido estridente del equipo. Impaciente, vuelve a intentarlo.
-¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Aquí el yate Magnolia! Estamos perdidos en la tormenta, a unos 15 kilómetros al norte de Puerto Esperanza.
Con gesto cansado, coloca el micrófono en su lugar. Echa un vistazo hacia el interior del camarote y observa a los chicos, que se han acurrucado unos junto a los otros, en un rincón. Sus caras denotan el miedo y la desesperación que los agobia. “¿Qué he hecho? Ellos son mi responsabilidad. Yo los traje a esta aventura absurda. ¡Ahora debo salvarlos a toda costa! ¡Valor, César, tú puedes!”. Las ideas vuelan por su mente como las corrientes de aire que estremecen todo a su paso.
Su mirada perdida vaga por el navío, y se fija casi involuntariamente en la vela, que hinchada y hecha jirones, ondea descontrolada, como queriendo desprenderse del palo mayor, que la sujeta. Los constantes cambios de viento provocan que la embarcación se zarandee peligrosamente. El chico comprende que es necesario a toda costa arriar la vela, pero no puede separarse del timón. Advierte que no queda otra opción que llamar a dos de sus compañeros para que ejecuten la riesgosa tarea.
Afligido, se acerca a la escotilla y llama con voz entrecortada.
-¡Luis, Cristóbal! Chicos, los necesito urgentemente.
-¿Qué sucede, César? ¿Hay tierra a la vista?-Es la voz de Cristóbal la que se oye.
-No, amigos. Desgraciadamente, todo parece indicar que la tormenta nos arrastra hacia el norte.
-¿Para qué nos llamas? ¿Qué pasa?
-Es imprescindible arriar lo más rápido posible la vela, de lo contrario corremos el riesgo de naufragar.
-¿Cómo? ¿Y quieres que nosotros vayamos a hacerlo?-Horrorizado, Luis se estremece.
-¿Por qué no vas tú, que eres más fuerte y ágil?-Ahora es Cristóbal el que se queja.
-No puedo, si dejo el timón el peligro sería aún mayor. Ninguno de ustedes podría sostenerlo. Es cuestión de vida o muerte.
Los chicos dentro de la pequeña estancia, se miran unos a otros, buscando cada uno en los demás la fuerza que necesita. Finalmente, Luis y Cristóbal se arrastran hasta la escotilla.
César, indicando con la mano hacia el lugar que ocupa el palo mayor, en el centro del barco, los anima.
-No se asusten, amigos. Verán que todo va a salir bien. Solo tienen que arrastrarse hasta allá, desamarrar las cuerdas y recoger la vela. Será cuestión de un minuto. ¡Animo!
Agazapados, con cada músculo de su cuerpo en tensión, ambos niños avanzan metro a metro hasta su objetivo. Luego de varios resbalones, tropiezos y sustos, llegan hasta al palo mayor, y tras inmensos esfuerzos, logran zafar las gruesas cuerdas y a duras penas consiguen hacer descender sobre la cubierta el enorme trozo de paño embreado.
Totalmente empapados y restañando los dientes de frío, vuelven apresurados a su refugio en el pequeño recinto.
Afortunadamente, gracias a esta última acción, el yate se estabiliza y disminuyen los bruscos movimientos que amenazaban hundirlo. Al poco rato, el temporal comienza a ceder paulatinamente, el viento bate con menos fuerza y la lluvia se convierte en llovizna fina.
Las horas se suceden lentas y agobiantes. Todos los corazones se encomiendan a Dios y a la naturaleza, rezando para que un milagro evite que suceda lo peor. La noche lo cubre todo pausadamente con su manto de negra oscuridad, aumentando aún más la incertidumbre de los niños. Los rodea una espesa neblina y el cielo aparece cargado de nubes, que no dejan entrever ni una sola estrella en el firmamento.
Al fin, uno tras otro, los cinco muchachos caen rendidos por el sueño y la fatiga, tendidos algunos en las literas y otros en el suelo. César lucha por mantenerse en pie junto al timón, pero el cansancio lo vence y sus ojos se cierran, deslizándose suavemente hasta quedar sentado, apoyado en la pared de madera y dejando caer la cabeza sobre el pecho.
Voces lejanas llegan a sus oídos. El sueño profundo se confunde con la realidad.
-¡César! ¡Lucía!
-¡Luis!
-¡Cristóbal!
-¡Miguel! ¡Elena!
Nuevamente escucha los gritos acercándose. “¿Estoy soñando? ¡Ah! ¡No es un sueño!”. A duras penas, César logra abrir los ojos, pestañeando varias veces para acostumbrarlos a la luz del sol, que lo ciega. Gira la cabeza a su alrededor, y hacia su izquierda, distingue varios botes, lanchas y barcos. De todos se alargan brazos y sombreros saludando. Estremecido de alegría, salta sobre sí mismo y corre al interior del camarote.
-¡Amigos, despierten! ¡Nos han venido a rescatar! ¡Luis, Cristóbal, Lucía!
-¿Qué dices?-Pregunta Luis adormecido aún.
-¿Qué nos vienen a rescatar?-Lucía, sorprendida, se incorpora en la litera.
El resto de los chicos también se incorpora, mirando ansiosos a su interlocutor. Sus rostros reflejan una alegría indescriptible.
-¡Sí! Ahí afuera están papá, mamá, los padres de ustedes, y mucha otra gente del pueblo.
Todos se lanzan fuera a la carrera. Se agarran con fuerza a la barandilla de la borda y comienzan a hacer gestos desesperados, saludando a sus seres queridos.
Al poco rato, ya se encuentran todos en un guardacostas de la policía, atendidos por varios médicos y enfermeras, cubiertos con mantas y bebiendo té caliente.
Los padres de César se acercan, silenciosos y preocupados. El chico, atolondrado, baja la cabeza, sin atreverse a mirarlos a la cara.
-Mamá, Papá, lo siento mucho. Nunca volverá a pasar.
-No te preocupes, hijo. Lo importante es que estás bien.-La madre lo abraza fuerte y le da un beso en la frente.
-Cometiste un error, lo importante es que te sirva de experiencia en la vida.-El padre se acerca y le pone la mano en el hombro.
Luego César mira a sus amigos, uno por uno, y todos entienden esa mirada sin necesidad de palabras. Los terribles sucesos vividos los han unido para siempre.