IVÁN MEDINA -MÉXICO-

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Iván Medina tiene tres libros publicados: En cualquier lugar fuera de este mundo (CONACULTA, 2012), Más frío que la muerte (UAM, 2017) y Lugares ajenos (BUAP, 2020). Becario del Programa de Residencias Artísticas FONCA-CONACYT. Es doctorando en Arte y Literatura en la Universidad de Guanajuato.
 

 

Almendra

 

 

¿Es posible que un hombre invente
una historia que con los años resultará
ser la biografía de otro hombre?

Guillermo Cabrera Infante

 
 

A Mónica Alejandra Combes Tinedo

 
 
 
Este es un relato del infortunio, aunque no estamparé aquí el nombre de ella. Sin embargo, sin nombrar al santo, puedo referir sus milagros. El enamoramiento ocurrió en el verano del año 1940, o tal vez en el 45. No recuerdo con precisión, pero eso no importa. Lo relevante es que el hecho aconteció en el bailadero enclavado en la colonia Guerrero, en el número 16 de la calle de El Pensador Mexicano, en el Salón México.
 
Quedé de reunirme con mi carnal en la pulquería “Memorias de mis tiempos”, ubicada a la vuelta de la esquina del “México”, en la calle del Pinto. Entré al recinto y había verbena. El jacalón estaba cubierto de aserrín teñido de diferentes colores y del techo de tejamanil colgaban cadenas de papel de china. Pedí un curado de avena y mientras esperaba, de la vitrola se escuchaba la transmisión de la XEW, era Toña la Negra: “Después de tanto soportar la pena de sentir tu olvido, después que todo te lo dio mi corazón herido”. Recordé a Alejandra y quise llorar, no obstante, antes de que la congoja aflorara, el dependiente ofreció al público patas de gallina. No chille joven, mejor a darle, que es mole de olla. Hoy se casa mi hija, adelantó vísperas, y las “Memorias” están de manteles largos. Ya sabe, a cada capillita le llega su fiestecita. Me contuve, no por las palabras de aliento del jicarero, pronto llegaría mi carnal y no deseaba que me viera en un estado tan lamentable. Mi carnal ingresó y se percató que andaba arrastrando la toalla. ¡Alza el vuelo valedor! Bebamos una ronda más de cacarizas del neutle y vámonos a raspar zuela al “México”. Ahí de seguro te despabilas.
Entramos al Salón México y la orquesta de Dimas interpretaba “Nereidas”. El centro del lugar estaba hecho de tablas uniformes; de un extremo estaban los músicos y del otro lado, un mural decorado con unos cartones pintados representando árboles, en el fondo, en el vestíbulo, había espejos ondulantes que producían hilaridad a quienes se paraban frente a ellos. Agucé la vista e imantado, en medio del salón “renacimiento”, vi a una muchacha de pie, con blusa roja, falda blanca y mallas negras de red que ceñían sus torneadas piernas. La observé y no fui inmune a su belleza campirana. Cuando acabó la música, caminé hacia ella y según me aproximaba tuve la impresión de estar viendo a Marga López. Cuando ya estuve muy cerca de ella, llegué a jurar que estaba frente a Afrodita. En fin, cualquier punto de comparación, me llevaba a la única imagen; la de la idealización. Frente a frente, ambos callamos. El maestro de ceremonias clamó: “¡Hey, familia, danzón dedicado a Kid Azteca y amigos que lo acompañan! Se oyó el inicio del tema “Elodia”. Tomé la mano de la chica y paciente esperé el compás indicado para soltarme al dancing. ¿Qué? permanecerás pasmado con la cara de tarugo o bailarás, sentenció ella. No pude moverme, y no fue por miedo a la danzonera, tampoco por terror a la multitud concentrada en el garito, mucho menos por no saber bailar la forma lenta, cerrada y con algunas figuras tibiamente abiertas del danzón; ¡De a ladrillo pues!
Habían levantado las pantallas los timbaleros; los clarinetes y los trombones empezaron a tocar. Sentí escalofríos y fue imposible moverme. Entre tanto, reflexionaba, ¿cómo era posible enamorarse de súbito? Sentí la falta de aliento y quise pedir auxilio, pero a pesar de la concurrencia, no había nadie para venir en mi ayuda. No sé cuánto tiempo estuve ahí, estático, observando cómo ella se iba mimetizando entre la gente. Hasta que apareció mi carnal. Ábranse piojos, que a´i les va el peine. ¿Qué pasa contigo carnal? Mira a esa mujer, con voz ronca, atrevida, y ojos perdidos en la espesura de su belleza, como corresponde a una estrella de cine. Señalé con el índice. Estoy enamorado de ella, fue lo único en salir de mi boca. ¡Aguanta un piano! Pero no ñero, a chaleco, por la manera de mascar el chicle, clarito se ve que es una “alegradora”. De seguro viene de terminar su rondín en el tramo de las Gayas, en la 7ª calle de Mesones. Ahí, mejor ni te metas, esas saben manejar el abanico como si fueran duquesas. No lo sé, en su rostro de niña mexicana solitaria creo ver un brillo claro, igual a la de la almendra, cavilé.
Ignoré la perorata de  mi carnal y pretendí buscarla, pero al comenzar la pieza “Salón México”, repentinamente se desencadenó una tempestad, y la alineación musical ejecutó escalas cromáticas y acordes de séptimas disminuidas; por la izquierda y la derecha salieron muchas personas vestidas con trajes de magnífica hechura; zoot suit, con camisas de cuello ancho entonadas, corbatas amplias que caían hasta la cremallera del pantalón, y con los cabellos generosamente engominados con “mantequilla”, “manteca” o “sebo”, que arroyaron a la muchacha hasta perderla de mi vista y aunque la busqué ya no estaba en ninguna parte.
 
Desde aquel día no pude pensar en otra cosa, e ilusionado en mis afectos o impulsado por ellos, me abrí paso solitario en su búsqueda. Un día más, eso es todo lo que hay por hacer, me animaba día con día, hasta que la tenacidad dio frutos: Agua blanda en piedra dura, a la larga, cavadura, pensé.
Me habían hablado de un joven flaco, con un ralo bigote a la Rodolfo Acosta, nervioso, un tanto petulante, siempre torturado por alguna angustia interior, qué quizás la conocía y así fue. Al terminar aquella charla con el “Charro” -así lo llamaban aludiendo a su padre, un líder sindical de la CROM-, se ofreció para llevarme en su carro, un Cadillac serie 62 color vino, completamente nuevo. Esa daifa es de lo mejor hermano, mueve las caderas similares a la Tongolele, mencionó. Lo miré y se me revolvieron las vísceras. Quise responder, pero me contuve y permanecí en silencio. Él era el único que sabía en dónde encontrarla. Llegamos a la esquina de Rosario con Emiliano Zapata en el Cuadrante de la Soledad. Aquí te dejo valedor. Ten mucho cuidado, en este barrio te quitan los calcetines sin quitarte los zapatos.
Caminé entre los cazuelones hirvientes de pancita y ollas de burbujeantes frijoles sobre braseros, de unos comedores de “agachados” frente de la iglesia de la Soledad. Pacen jefecitos. Cinco tacos por 20 centavos. ¡Es casi vivir de balde!, gritó la chimolera. Dirigí mis pasos al otro lado de la acera, directo al café de chinos Shanghái, donde según había dicho el “Charro”, ella vivía en la azotea de la vecindad. A unos metros del café, un cilindrero ciego me detuvo, cosa que me sorprendió. Me llamo Casimiro y he de confesar que aún veo un poquito por el ojo izquierdo. Le di un tostón. Entré a la vecindad y subí las escaleras hasta dar a la parte alta, pero no fui de inmediato a su cuarto, sino hacia los tendederos, donde no había nadie. Me senté sobre un fregadero, junto a una pileta, con las piernas recogidas y la cabeza inclinada, y permanecí largo rato meditando inmóvil. Transcurrió más de una hora. Nadie me molestó. Súbitamente me eché a reír con una risa extraña y vacía. Volví a echarme a reír con los ojos llenos de lágrimas. De verla, no sabría qué decirle. Había desarrollado una ilusión galopante, desbocada y vertiginosa como casi todas las cosas propias. El amor excesivo y desbordante, de una falsa quimera, me había llevado a la locura.
En eso fui sorprendió por un caifán que se caracterizaba por el desaliño vestimentario, el desgarbo, el uso de zapatos de trabajo de los que llaman de “minero”, y solo se venden en las bodegas del mercado de la Merced, como salido de una novela de Revueltas. Le proporcioné santo y seña de a quien buscaba. Ven ñero, esos son los remanentes de esa daifa, dijo con socarronería mostrándome un cuartucho. Me acerqué a ella y rocé con los dedos su cabellera con rastros mal olientes de la vaselina de la prostitución, después la cogí ligeramente por el cuello y al darme cuenta de que estaba sin pulso, di un salto hacia atrás. El caifán se paseó de nuevo por la habitación frotándose las manos de forma nerviosa y concluyó: Ella se sintió herida. Desalmados la llevaron a rastras, igual a un criminal. Llevándola por caminos muy lejanos de su 5° patio y por selvas muy oscuras en donde la droga y la picardía le eran solidarias.
Cerré la puerta tras de mí y con postrera mirada que lancé hasta estrellarse con el firmamento, comprendí sin paliativo alguno que ella había muerto. En la esquina próxima a la iglesia, el cilindrero terminaba de tocar “Sombras”.