ROMEO DUVALIER PEÑA ROMÁN -MÉXICO-

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Nació  en Pijijiapan, Chiapas. Licenciado en Historia por el CAMPUS III, UNACH. Maestrante en Pedagogía por el INEM.
Se ha desempeñado en el campo de asesorías a Asociaciones Civiles y formulación de proyectos de carácter histórico y  Proyecto editorial.
Presidente de la Fundación Armando Duvalier, Asesor del Embajador de Paz y ética Global de La Unesco, Dr. Jorge Paniagua Herrera. En materia de promoción y desarrollo de Culturas Originarias y no Originarias del Soconusco. integrante del Club de Periodistas de Sclc. Y corresponsalía de San Cristóbal de Las Casas presidente de la Sociedad de Geografía de Chiapas A.C.

 

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LA REBERLÍO DE CHAMULA DE 1869

 
“Las piedras bajadas del cielo”

 
 

Carta de Enrique Mijangos al secretario del Gobierno, Juan Facundo Bonifaz, en la que pregunta si debe ir a la fiesta titular de San Miguel Mitontic, dado que las autoridades una vez más se niegan a pagar sus contribuciones, con alegatos de pobreza. Casa parroquial de San Pablo Chalchihuitán, 29 de abril de 1867. AHDS
 
“Chamula es un pueblo sumamente conservador. Sus habitantes son honrados, industriosos y trabajadores, llevando una vida pacifica, sin embargo en algunas ocasiones han producido, como una erupción violenta o inesperada, movimientos armando que tratan de destruirlo todo. En estos movimientos siempre tienen un jefe al que obedecen ciegamente. Después del periodo colonial fueron inferiores y de continua explotación, con lo que puede asegurarse, hubo un malestar constante.
La indígena Chamula Agustina Gómez Checheb,  pastoreaba un pequeño rebaño de ovejas en las inmediaciones del paraje Tzajalemel, recogió tres piedras de color azul oscuro y de forma redonda, al mostrársela a su madre le dijo que las piedras habían bajado del cielo. Y se fueron a su casa allí permanecieron 19 días, posteriormente llego el fiscal de Chamula, Pedro Díaz Cuscate, en unión de su familia. Esas piedras tocaban la puerta para salir, al estar guardadas en una caja. Como era de esperarse, la noticia de hechos tan extraordinariamente se propago inmediatamente y bien pronto comenzaron a llegar grandes grupos de chamulas que venían a ofrendar incienso, flores de campo, juncia y velas a las piedras bajadas del cielo.
Entre los indígenas los sacerdotes  y los maestros son profundamente respetados, y así fue que en aquel 13 de febrero de 1868 la visita del señor cura vieron un muñeco de barro fabricado por Cuscate, al le rendían ofrendas, flores en abundancia, velas e incienso. El sacerdote Miguel Martínez y el profesor José Justo Luna le hablaron a los indígenas explicándole que tales santos no podían existir y lo indicado era que todos los visitantes volvieran a su lugar de procedencia y se olvidaran de aquellas ocurrencias.”
El 13 de junio, recibió en esta ciudad el Gobierno del Estado, la primera noticia de que numerosos indígenas se habían reunido en Chamula sospechosamente, dirigidos por el matemático D. Ignacio Fernández de Galindo, procedente de Méjico. El Jefe político del Departamento de San Cristóbal de Las Casas, a cuya jurisdicción corresponde el pueblo de Chamula, aseguraba ser hostiles las tendencias de los tumultuarios. No obstante era de suponerse que solo la locura podría impeler a Galindo a acaudillar una sublevación tan descabellada e inicua, atenta su cultura, el Gobierno, con ojo previsor, en bien de la sociedad y cumpliendo un deber sagrado, tomo inmediatamente sus providencias para evitar calamidades que pudieran resultar en caso de ser sediciosa la reunión misteriosa de los indígenas. Las órdenes para la reunión de las fuerzas con que deberá abrirse oportunamente una campaña, se enviaron con actividad y violencia a diversos puntos del Estado.
Los barbaros sin perder momentos, dieron a conocer que sus miembros  hostiles y por demás criminales, iniciaron desde luego la guerra de castas con la muerte cruel del cura de almas de su pueblo. Presbítero D. Miguel Martínez del maestro de la escuela primaria D. Lucia Velasco, su hermano Carlos y cuatro vecinos más de la clase denominada ladina.
La primera fuerza que se organizó en esta plaza marcho sin demora bajo el mando del Comandante de batallón ciudadano Crescencio Rosas, quien vio aproximarse a la ciudad de San Cristóbal, el día 17, en actitud amenazante, una gran chusma de indígenas cuyo número ascendería a cinco o seis mil, armado con escopeta, lanzas, machetes, hachas.
Aquel sereno jefe salió con su pequeña fuerza y muchos vecinos de la misma ciudad con propósito de batir a los alzados, y una vez fuera de poblado, el caudillo Galindo pidió parlamento, al cual accedió el Comandante referido, considerando prudentemente que provocar un combate en aquel acto, habría sido exponer a una infructuosa muerte a su fuerza, dando así lugar a la completa y lastimosa destrucción de la repetida ciudad, causando además gravísimo males al resto del Estado.
Galindo propuso que él y su compañero el joven comiteco Benigno Trejo, que era su discípulo en agrimensura, se retirarían de la lid, siempre que a los Chamultecos les fueran devueltos a Pedro Díaz Cuscate y una india, que se hallaban presos en la cárcel. Haremos una agresión.
El primero de estos últimos (Cuscate) es reputado entre los chamultecos como ministro de un nuevo culto que ellos han creado, y la indígena como á sacerdotisa. So pretesto de oír la palabra de tan celebre personas, y de adorar ridículas figuras, los indios del citado pueblo habían tenido, en época anterior, grandes reunidos que llegaron a ser disueltas.
Aceptado, pues, el partido propuesto por Galindo, este se pasó del lado del Gobierno, en unión de su esposa Doña Luisa Quevedo y del joven Trejo, al mismo tiempo que los sublevados recibían con sumo entusiasmo, a su inestimable y a su sacerdotisa. Tal fue el grito de júbilo que se dilataba por aquellos espacios, que el Comandante Rosas puedo juzgar la grande superioridad numérica del enemigo, que habría podido hacer trizas a los suyos y aun a la ciudad toda, como hemos indicado.
Galindo pretendió irse frescamente a su casa, suponiendo que así se había pactado, y Rosas le hizo entender quedaba detenido mientras deba cuanta al Gobierno sobre lo ocurrido.
Enterados los indígenas de que Galindo, a su esposa y Trejo se hallaban presos, contra lo que sin duda ellos se habían prometido, amenazaban penetrar a la ciudad para salvarlos; y cuando estos amagos comenzaban, el ciudadano Gobernador del Estado, con su Secretario y demás empleados de su Despacho, marcho (el día 20) de esta ciudad para la de San Cristóbal, con las fuerzas que hasta entonces pudieron organizarse con milicianos de este departamento y el de Tuxtla Gutiérrez.
Llegaron el día 21, en cuya tarde tuvieron lugar los dos encuentros de que hemos hablado en alcance a nuestro número 5. En el dijimos, y es dato fidedigno, que el enemigo tuvo de perdidas como trescientos hombres siendo menor, pero lamentable el número de víctimas de parte del Gobierno. Como esas víctimas no se han publicado, estimamos del caso hacerlo ahora.
Helas aquí:
POR SAN CRISTOBAL
Oficiales: Isidro Aguilar.  Mariano Trejo.Mariano Frías.  Sabas Ocampo.
 
TROPA.
Juan Francisco Granados. Prisciliano Aguilar. Eustaquio González.  Juan Urbina (a) Campechano.  Marcelino Mayorga. Agapito Estrada. Pomposo Pérez.
Bernardino Camposeco. Blas Urbina. Calisto Espinosa. Rómulo Flores. José Trujillo. Pedro Román. Manuel Martínez. Mariano Tejada. José Fino. Mariano Ramírez. Saturnino Ruiz. Pedro Moxan. Urbano Estrada. Luis García.  Lauro Carpio. Evaristo Estrada. Luis Ruiz. Manuel Gómez. Manuel Amado Gutiérrez.
Venancio Mandujano. Nicolás Balcázar.
 
Por Chiapa
Capitán-Perfecto Romero, Oajaqueño.
Tropa. José Ruiz.  Nicanor Espinosa. José Carrera.  Juan Sánchez
Cocolito (Se ignora el nombre). Otro más cuyo nombre se ignora.
 
Por Tuxtla Gutiérrez.
Sargento-Cecilio García.
 
Además, se levantaron del campo 19 cadáveres casi en esqueletos, por lo que no pudieron conocerse, y se nota la desaparición de algunos otros.
El corresponsal nos envía esta noticia de víctimas, nos manifiesta haberlas extraído de los libros del registro civil correspondiente.
Pasado los dos encuentros a que nos hemos referido, los sublevados se retiraron, recogieron los cadáveres de sus compañeros y se dedicaron a cuidarlos, con la esperanza, según se ha asegurado de que resucitarían al tercero día, pues que así se lo habían prometido sus santos. Vencido el término para la resurrección, sin que esta se hubiera efectuado, los barbaros se vieron en la necesidad de enterrar a sus muertos, que ya infestaban la atmosfera, causando esto algunas desavenencias y aun muertes entre ellos mismos.
Entre tanto, a Galindo y Trejo se instruía brevemente su causa, y el día 26, después de haber ingresado a San Cristóbal el valiente Teniente Coronel ciudadano. Julián Grajales con cien hombres proceden de este Departamento y el de Tuxtla-Gutiérrez, aquello celebres reos fueron fusilados en la plaza principal de dicha ciudad, quedando sometida a la autoridad judicial competente la causa de la viuda de Galindo. De este fue defensor el Lic. Don Clemente F. Robles y de Trejo el Lic. Don Joaquín Ramírez: asesoró en la causa el Lic. Don Fernando Zepeda.
Los sublevados, que en son de guerra habían vuelto a presentarse frente a San Cristóbal, retrocedieron a Chamula.
El gobierno, suponiendo sin duda alguna escarmentados a los indígenas, y deseo de evitar más efusión de sangre, envió orden a las autoridades del citado pueblo para que se le presentasen con sumisión, y la respuesta fue la indiferencia. Esto sucedía el día 28.
Mientras esta rebeldía mostraba los Chamultecos y sus aliados, los indios de Tenejapa se presentaban al ciudadano Gobernador ofreciéndole espontáneamente sus servicios, que fueron aceptados.
Decimos que tenían aliados los Chamultecos, porque este hecho está perfectamente aclarado y comprobado.
Un hijo nativo de aquel suelo, y que es hoy medianamente civilizado, al servicio de un amigo maestro de esta ciudad, fue enviado a Chamula, en donde cuenta con madre y hermanos, y vestido con el uniforme de sus paisanos, pudo ver el campamento enemigo y enterarse de ser unos seis o siete los pueblos aliados al de Chamula, con la bárbara tendencia de destruir a la parte civilizada del Estado, que se llama generalmente ladina.
La brutal intención de que hablamos, la demuestra claramente el hecho de haber sido asesinado en el pueblo de San Pablo, con igual crueldad que el Cura de Chamula, el Presbítero Don Juan Enrique Mijangos, cura de San Pedro, que furtivamente salió de Santa Catalina Panteló, y de que juntamente con aquel desdichado Ministro fue asesinada su familia, el maestro de escuela Don Miguel Molina y la tuya, contándose, por supuesto, en tales victimas aun los niños de pecho.
El gobierno del Estado, rodeado ya de todas las fuerzas que hizo organizar con la violencia posible, de distintos puntos del Estado, ascendiendo a más de mil hombres, entre los que figurón unos 350 de Comitán, acordó el ataque que diera termino a la guerra, y en efecto, el 30 del próximo pasado Junio, marcho el ciudadano Gobernador con las citadas fuerzas sobre el enemigo situado en Chamula, acompañado además de los números voluntarios de San Cristóbal Las Casas. Los indígenas alzados esperaron con valor la pelea: ésta se empeñó, y el triunfo fue completo de parte del gobierno. Exceden de trescientos los muertos de los sublevados, no habiendo perecido, en tan gloriosa jornada, ninguno de los valientes y entusiastas defensores de la causa de la civilización, de la humanidad y de la ley.
Entre ellos solo resultaron heridos once o doce según parte oficial.
El día 4 del corriente mes, el ciudadano Gobernador y una parte de sus fuerzas se dirigieron a San Pedro Chenaló y otros lugares en donde, según informes había indígenas hostiles todavía, y el resultad o de esta última expedición, fue encontrar aterrados y huyendo a los barbaros, tanto que desde Cinacantan, las autoridades y principales de Chamula enviaron al mismo ciudadano Gobernador la súplica de que les personase, ofreciéndole sumisión y obediencia.
El día 6 regresaron de la campaña, con los laurees adquiridos en el campo de batalla, el Teniente Coronel Don Julián Velasco, Don Ezequiel Muñoa y el patriota Don Manuel Castellanos, asi como 200 hombre de tropa del cuerpo espedicionario, con sus oficiales Don Francisco Corzo Coutiño, Don Abel Camacho, Don Wescelao Aguilar, Don Máximo Galindo, don José María Gómez, Don Juan Eusebio Archila, favorecidos también por los laureles de la victoria.
Parece, pues ha concluido ya la cuestión de armas. ¡Gloria a los de nuestro Gobierno, que no han esgrimido en beneficio común!. Manuel M. Sánchez.
 
 
 
Bibliografía 
 
 

  • El Baluarte de la Libertad (Semanario noticioso, político y literario). 2da. Época. Chiapas, julio 9 de 1869, núm. 5.
  • Datos de registro civil defunciones. AHDSCLC.
  • Rebeliones indígenas en los Altos de Chiapas. Prudencio Moscoso Pastrana. UNAM. Coordinador de la edición: Mtro. Carlos Martínez Marín,  Nora Reyes Costilla. 1992.
  • Vicente Pineda, un "hijo" de San Cristóbal, publicó en 1888 el libro Sublevaciones indígenas en Chiapas (Esponda, 2001). Tal fuente, escrita dos décadas después de los hechos, es la única que menciona la crucifixión:
  • Aubry, Andrés (1989), Gente de Chiapas, San Cristóbal de Las Casas. Chiapas, Instituto de Asesoría Antropológica para la Región Maya.      
  • Esponda Jimeno, Víctor Manuel (1994), "La rebelión tzotzil de 1869". En Homenaje al profesor Prudencio Moscoso Pastrana (1913-1991). San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, Centro de Investigaciones Humanísticas de Mesoamérica y el Estado de Chiapas, Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 75-79.      
  • García de León, Antonio (1985), Resistencia y utopía: memorial de agravios y crónica de revueltas y profecías acaecidas en la provincia de Chiapas durante los últimos quinientos años de su historia, t. 1. México, Era.