MARIO BERMÚDEZ -COLOMBIA-

Soy eterno aprendiz de escritor y poeta, de rancia estirpe rola, nacido a mediados del siglo XX en la fría Bogotá, Colombia, en donde puedo compartir esa simbiosis producto de las épocas parroquiales, el mundo en transición con el abrumador modernismo de la computación y la informática. Desde casi niño incursioné en el mundo en las letras, más como un hábito imperioso, fatigante e ingrato, cosas que también lo pueden hacer a uno feliz. He escrito algunas novelas, muchos relatos, y en los momentos de la súbita inspiración, ya en el recuerdo, ya en la pasión y ya en la imaginación, algo poesía.


Por autoedición, destaco mis títulos: El Mito Humano, una visión psicosocial de la historia de las religiones ariosemíticas. Suicidio al atardecer, Breve historia de la guerra de los Mil días en Colombia, La huella perpetua, entre otros. En poesía suelo utilizar títulos tan insólitos con palabras de un mal invento, como Tríptico Pléctrico, Pristinaciones Numénicas y Pentagrafía Estróica. Seguimos en la briega de la pluma hasta que el camino termine.

 

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Desde marzo de 2015 comencé la ilusión de hacer felices a los autores de las redes al publicarles sus sueños literarios, sin más retribución que, algunas veces, el agradecimiento o el mudo silencio de que se cumplió con un propósito con seres ajenos cuyo único objetivo de distante unión es la literatura. Con este objetivo creé la Revista Literaria Trinando.

 

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PÁGINA 20

 

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GEMENILELIS Y SU CAÍDA A LA TIERRA

 

Gemenielis se quedó dormido sobre una de las gigantescas rocas que rodeaban, en los confines del universo, el Empíreo, el lugar etéreo en donde reinaban todas las divinidades. Era un niño ángel hermoso, hasta tal punto de que descollaba entre la legión de todos los serafines, ángeles y arcángeles del Cielo. 
Muchas veces se lo habían advertido para que anduviera con mayor cuidado, porque Malum, el terrible Señor de las Tinieblas, había decidido confabularse en su contra, con el fin de hacerlo caer en la tentación: pero el ángel, tierno y dulce entre todos, era porfiado, inocente y bondadoso al máximo,  hasta el punto de que siempre terminaba rompiendo la promesa de cuidarse, para quedarse dormido tiernamente en cualquier lugar, como esta vez que yacía plácidamente en uno de los meteoros que ondeaban como copos de algodón en la eternidad del espacio.
Gemenielis estaba soñando con la molicie del paraíso, cuando escuchó un ruido estruendoso que le asoló la mente. Luego sintió un calor insoportable que le invadió de angustia toda el alma. Abrió desmesuradamente los ojos, con ese temor entre divino y humano que los ángeles de entonces solían tener.
¾¡Los dragones constelares! ¾exclamó, invadido de perplejidad.
En efecto, los dragones constelares, enormes, feroces y con las alas sesgadas por dantescas puntas, planeaban muy cerca de la roca meteórica en donde Gemenielis dormitaba. Una de las bestias cósmicas le lanzó la primera bocanada de fuego. El ángel movió rápidamente los brazos, colocándolos como égida, a la vez que se enconchó entre las alas. El fuego rebotó por el espacio sin lograr hacerle daño a Gemenielis, pero los dragones continuaron atacándolo ferozmente. El ángel volvía a protegerse, buscando con cierto desespero un lugar por donde pudiera escapar de aquella terrible asonada de las bestias, que se movían vertiginosamente produciendo remolinos de polvo cósmico, a la vez que el ruido ensordecedor, como el de mil volcanes en plena erupción, hacía vibrar el planetoide.
Los monstruos se lanzaban en picada a la vez que abrían sus enormes bocas para lanzar el fuego sobre el ángel. La roca meteórica comenzaba a enrojecerse a consecuencia del calor, y Gemenielis empezó a sentir los resultados de su descuido. «Si te lo hemos advertido», recordó que muchas veces le habían dicho para que tomara las precauciones necesarias, y no caer así en las alicantinas de Malum, el abominable Señor de las Tinieblas. Pero él, en medio de esa dulce inocencia, no tomaba ninguna precaución, sin entender plenamente los alcances funestos del Rey del Mal que habían decidido ensañarse en contra del niño.
Todo parecía perdido para Gemenielis hasta cuando pudo ver entre los resplandores fogariles de los dragones, unos destellos plateados. Era una legión de ángeles, montados en hermosos caballos alados, al mando del arcángel Miguel. Los ángeles protectores, en sus blancos corceles, levantaron los escudos resplandecientes y se enfilaron en contra de los dragones que atacaban a Gemenielis.¡Al ataque! ¾ordenó el arcángel Miguel.
Los dragones se dieron media vuelta para defenderse, pero una lluvia de rayos mortíferos, disparada desde las espadas seráficas, caía sobre ellos despiadadamente, a la vez que el fuego de sus bocas chocaba contra los escudos de los ángeles, rebotando peligrosamente, hasta chamuscarlos a ellos mismos. El contingente del arcángel Miguel continuó luchando valientemente, lanzando la lluvia de rayos plateados contra las bestias que Malum había enviado para importunar a Gemenielis.
Nuevamente se escuchó por todos los confines del Universo el ruido ensordecedor de la batalla entre los dragones del Rey del Mal y la legión angelical de Miguel. De un momento a otro, los dragones giraron raudamente y, con una velocidad lumínica, desparecieron entre la oscuridad, como si las sombras los hubieran desintegrado.
―¡Los dragones están huyendo! ¾exclamó uno de los ángeles.
Gemenielis sonrió ufano y se incorporó sobre la roca caliente, desplegó las alas y se limpió el cuerpo de los restos de materia ígnea que los dragones de Malum le habían lanzado. Dio un salto gracioso, y sus alas lo condujeron hasta donde el arcángel Miguel lo observaba con cierto dejo de reproche.
―¿Hasta cuándo te vas a descuidar? ¾le preguntó el arcángel, impaciente.
―No volverá a suceder, arcángel Miguel

―contestó con voz apenada Gemenielis.
―Siempre dices lo mismo, pero te duermes en cualquier parte, exponiéndote a las maldades del Príncipe de las Tinieblas

―refutó Miguel, mientras los caballos alados relinchaban alegremente por haber hecho huir a los dragones constelares.
―Solamente dormitaba ―se excusó el niño ángel.
―Vamos al Empíreo ―ordenó el arcángel Miguel.
Los ángeles rodearon a Gemenielis, y todos se desplazaron por el espacio, mientras la roca meteórica en donde Gemenielis descansaba, retomaba su color original.