MARIO BERMÚDEZ -COLOMBIA-

PÁGINA 25

Soñar con hacer la palabra en una hoja de papel, o detrás de la pantalla de una computadora, es una quimera que de repente se puedeconvertir en un plácido sueño, en donde las letras, locura universal, se desplazan por los firmamentos díscolos de estrtellas fugaces que retornan a los agujeros negros

Escribir es la costumbre consuetudinaria que a veces nos redime de las penas y que tienen la frágil ambición de que lleguen a otras mentes y se hagan nuevas palabras.

 

En este número les presento  el cuento alegórico «Kundaliny».

 

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KUNDALINY
 
Cuentan nuestros antepasados que Adán y Eva fueron unos horripilantes reptiles en el paraíso, más feos que la propia serpiente, porque semejaban grandes lagartos cuyas patas se extendían angustiosas sobre la tierra, mientras sus manos se asían de las prominencias del suelo con el fin de encontrar un punto de apoyo y poderse desplazar. El Demiurgo realmente los había hecho así como  símbolo de su venganza contra la sierpe y, al contrario de  todos los animales que hoy día son cuadrúpedos y que, como es obvio, andan erguidos sobre sus cuatro patas, Kundaliny, el animal más hermoso que había sobre la faz de la tierra, y, por supuesto, el más inteligente y astuto, al ver arrastrarse con suma dificultad al hombre y a la mujer, sintió la más grande de todas las conmiseraciones mundanas, y sin egoísmo alguno decidió ayudarlos, y a la vez sacar provecho para sí misma, puesto que el Demiurgo la estaba persiguiendo por que él, con su poder y todo, no había querido inyectarle a los hombres el soplo de la inteligencia que sí poseía la sierpe. El Artesano Creador había descubierto que la inteligencia, el único camino que conduce a la verdad, era un escollo casi que insalvable que lo único que podía hacer era crearle innumerables problemas, y su experiencia más amarga la había sufrido con Kundaliny a quien, por ser razonable ella, no la había podido someter a su estúpido arbitrio. Entonces,  el Demiurgo había sufrido una de sus más grandes decepciones, puesto que se sentía defraudado de la más hermosa de sus creaciones, quien a la postre se había revelado contra él por el mero hecho de poder pensar, y, como si fuera poco, había descubierto que al haber creado la inteligencia, ésta se convertía inexplicablemente en algo más poderoso que todo su poder omnímodo. Por ese motivo, el Artesano andaba persiguiendo a Kundaliny con un garrote hecho de un cacto de los altos desiertos, pero como la serpiente poseía una astucia ilimitada, siempre lograba escapar con fabulosas tretas para luego reírse con sorna y  lastimar los oídos del Demiurgo, herir su orgullo divino y hacerlo sentir impotente.
Muerto de ira, el Demiurgo se propuso desquitarse de Kundaliny, y fue por ese motivo que en uno de sus imprevisibles impulsos se dispuso a crear a Adán y a Eva, tal como dicen los libros sagrados de los profetas zoroastrianos y abrahánicos, es decir, los hizo de barro y únicamente les insufló un soplo de vida, cuidándose bien de no darles el más mínimo asomo de inteligencia, fuera de su instinto natural, que no podía tener ningún problema puesto que era condicionado con antelación al arbitrio del Artesano, y, supuestamente, no podía modificase, asunto que solamente lograba la inteligencia. Pero los desvelos del Demiurgo no terminaron ahí, ya que cuando Kundaliny se enteró de que el Artesano había creado dos nuevos seres, decidió entrar en una guerra de martingalas en contra de él. Desde entonces, la hermosa serpiente se propuso expiar a Adán y a Eva con el fin de ayudarlos, o mejor, de ganárselos y así aumentar la cólera y el desconcierto del Artesano del Mundo. Los coqueteos de Kundaliny con los dos seres humanos habían propasado cualquier límite insospechado, hasta el punto que la divinidad llenó de ángeles guerreros toda la tierra con el fin de proteger a Adán y a Eva de la tentación de la sierpe.
Kundaliny, entonces, recordaba con cierto aire de indignación los momentos de su felicidad al lado del Artesano. Ella fue el más precioso de los ángeles, y había cometido el error de pensar, de imaginar, de crear su propio mundo de fantasías, y hasta se había atrevido, como era inteligente, a contrariar alguno de los designios del Demiurgo, asunto que los había puesto en franca lid, sobre todo al Artesano, quien en medio de su terca vanidad no admitía la más insignificante oposición, así Kundaliny no quisiera hacer mal alguno, sino, por el contrario, opinar favorablemente a consecuencia de su intelecto. Lo primero que hizo el Artesano fue lanzarle un rayo aniquilador a su ángel predilecto con el fin de extirparle la inteligencia, pero casi se muere de sorpresa e indignación cuando, aterrorizado, descubrió que lo único que había hecho su rayo exterminador era chamuscar las alas del ángel y extirpar sus extremidades, pero la inteligencia de Kundaliny permaneció intacta. Más preocupado por el intelecto del nuevo ser, el Demiurgo con el ánimo de hacerle pagar cara su osadía, atacó de nuevo a la inteligencia, pero Kundaliny, haciendo uso de una destreza extraordinaria, reptó más rápido que su creador, que a consecuencia de la ira apenas se movía lerdamente. La serpiente huyó como una centella hasta alcanzar los monstruosos farallones que separaban el cielo de la tierra, y cayó pesadamente entre el resto de los animales, que se espantaron al ver un nuevo ser que no poseía extremidades, y que para desplazarse se arrastraba con prodigiosa habilidad por entre cualquier ringlera de obstáculos. La algarabía de los pájaros y de los cuadrúpedos fue terrible, y  por eso los animales aborrecieron y temieron a la serpiente, sin llegar a conocer de su inteligencia y hasta de su bondad.
Pero, como cuentan nuestros antepasados, ancianos de venerable edad venidos de las tierras más exóticas en donde la sabiduría sobre el bien y el mal fluye en infinitas cascadas, el Demiurgo, ansioso de satisfacer su vanidad y de demostrar su poder ante su nuevo enemigo, creó al hombre como un reptil sin inteligencia aunque con extremidades e instinto, y por eso Adán y Eva fueron los animales más tristes, anodinos y dóciles de toda la creación.
Tiempo después, la serpiente había descubierto que seccionándose podía preservar su descendencia, pues este había sido un asunto que le había inquietado de sobremanera, puesto que de todos los seres que poblaban la tierra era el único asexuado, pues antaño había sido un ángel, y, como es bien sabido, ellos, aunque de aspecto andrógino, realmente no poseen sexo, porque como son eternos no tienen ninguna necesidad de procrease, al contrario de los otros seres, que por ser biológicos y por cumplir procesos de ordenación, los individuos desaparecen pero preservan la progenie a través del sexo, sembrando de desgracia el mundo con la maldición del Creador. Así pues que Kundaliny ya había echado sus primeros vástagos, y aunque éstos crecían mucho más lentamente que cualquier otro animal, se sentía ufana de tener descendencia sobre la faz de la tierra, pero con sorpresa y compunción había descubierto, ¡horror!, que los herederos no poseían intelecto porque simplemente eran producto de su seccionamiento  a lo ancho, y, por supuesto, al no tener cada trozo un contacto directo con la cabeza de la sierpe, la inteligencia, como potencia  adquirida, no podía ser trasmitida por ningún medio biológico a través de los cromosomas de cualesquiera células, lo que sí transmite el instinto que es genético. Sin embargo, la astucia de las serpientes fue herencia de todas ellas porque resultó una traza del intelecto que se introdujo como información genética, pero la inteligencia de Kundaliny siguió siendo una  sola aunque ineluctable y poderosa, e intransmisible por seccionamiento a lo ancho o por el código genético. Y fue por tal motivo que los ángeles guerreros del Artesano permitieron que los vástagos de Kundaliny se propagaran por toda la tierra, después de todo, como la madre de ellos, inspiraban respeto y pavor a todos los demás seres vivos. Sin inteligencia, ¿de qué me pueden preocupar?, se inquirió ufano el Artesano... Pero Kundaliny continuaba martirizándole todos sus momentos y llenándoselos de indómita preocupación, ya que ella seguía asediando a Adán y a Eva para echarlos en contra del Creador, y, simplemente, eso era bueno para ella, pero malo para el Demiurgo. Bueno para ella porque lo único que pretendía era dotar de inteligencia a los dos seres humanos y establecer su liberación y felicidad, porque para la inteligencia la máxima riqueza es el conocimiento y la sabiduría, condiciones de las que el Artesano se había apoderado con egoísmo. Malo para él porque lo único que deseaba era tener seres obsecuentes, incapaces de cuestionar cualquier designio por más divino que fuera, así como sus ángeles que aunque bellos, los seres más hermosos de los que se tenga noticia alguna durante toda la existencia de la creación, eran sumisos y no tenían la capacidad de pensar.
De tal suerte que Kundaliny no desmayaba en su empeño, hasta que una tarde el Demiurgo, cansado de tanto ajetreo, se quedó dormido en el bosque principal, a donde acudieron todos los ángeles en pleno a custodiarlo porque creyeron que la serpiente se podía aprovechar de tal situación, y sacar una buena partida en contra del Creador. Pero Kundaliny sabía que haría mucho más perseverando la inteligencia sobre el mundo que atacando con felonía al Artesano. Por eso aprovechó aquella magnífica oportunidad, cuentan nuestros antepasados, hombres buenos y sabios que descubrieron y ordenaron los escritos de Aristóteles, que descifraron la Piedra Roseta y desenterraron e interpretaron las tablillas cuneiformes de las historias sumerias, y decidió asestar el gran golpe. Entre las ramas de un árbol meditó profundamente con el ánimo de descubrir de qué manera le iba a trasmitir el intelecto a Meshia y a Meshiana, quienes se llaman así en los escritos zoroástricos, pues el dilema estaba en que, siendo única, debía elegir entre uno de los dos reptiles humanos, y ella, aborrecedora de cualquier privilegio, no deseaba eso, pues consideraba que Adán y Eva debían tener las mismas oportunidades y derechos aunque la pequeña diferencia biológica entre los dos fuera un contratiempo, después de todo, la inteligencia iba a estar en la cabeza y no en los genitales, y hasta sería mejor, porque el intelecto haría del sexo un enorme placer, una fuente de insólita felicidad, y no un vano instrumento maldito de procreación... ¡otro punto más a favor de Kundaliny!
De repente, y como una centella que traspasa el espacio a velocidades lumínicas, Kundaliny encontró la respuesta: Se seccionaría no a lo ancho sino a lo largo, convirtiéndose en dos tiras tan largas como ella misma, y de esa forma también separar la cabeza en dos partes iguales, aunque con el inconveniente de también dividir el intelecto, pero era preferible esto, a que no quedara vestigio alguno de la inteligencia en el mundo. Kundaliny reptó presurosa hasta uno de los cactos gigantescos del alto desierto, se asió con fuerza a una de las espinas que parecía un facón inmenso, y, posteriormente, se desplazó con vigor  hasta hacer su primera hendidura en la cabeza, exactamente por la mitad. Continuó dividiéndose a lo largo, con la complacencia de que como los ángeles no tienen sangre, ella no podía desangrarse y morir, sino que conservaba los vestigios de la antigua divinidad que había compartido con el Demiurgo, y por eso con los rayos del sol, el seccionamiento iba cicatrizando raudamente. De manera increíble se sintió una sola, aunque físicamente ya eran dos serpientes, y su pensamiento era magníficamente uno y sólo uno. Dividida en dos, Kundaliny reptó de nuevo hasta el bosque en donde Meshia y Meshiana se desplazaban con enorme dificultad  por entre las piedras y tragaban hierba tierna y fresca. Los dos seres humanos se quedaron dormidos, abuzados sobre el césped. Las sierpes se deslizaron sigilosamente hasta alcanzar las piernas de los humanos y con movimientos exactos, porque al final de cuentas eran una sola, treparon por las extremidades que no podían sostenerse, alcanzaron los glúteos apretados y redondos de Adán y de Eva, e introdujeron sus cabezas por el orificio anal hasta penetrar a las profundidades de un camino diferente al colon. De aquí se dice que los Caballeros Templarios se saludaban con un beso en el sieso en honor a la sierpe, aunque otros aducen que esto era solamente un signo de sodomía.
Kundaliny continuó avanzando por entre cada uno de los cuerpos de Adán y Eva, hasta que su porra cruzó la nuca, horadó el cerebelo y en un esfuerzo supremo explotó en el cerebro sin inteligencia del hombre y de la mujer, y fue en ese preciso instante en que el intelecto de la serpiente se dividió en dos partes iguales, una en cada cerebro,  de Meshia y Meshiana, haciéndolo más complejo y voluminoso. Esto no era lo óptimo, pero era lo mejor para preservar y trasmitir el intelecto en el mundo, y el hombre había sido el ser elegido por aquel ángel caído en desgracia, llamado por algunos Kundaliny en el Medio Oriente o Luzbel en la cultura abrahánica, o Lucifer, posteriormente en habla latina, que significa el portador de la luz, y la luz no es más que el intelecto, maldecido por el Demiurgo, ya que era el único capaz de desafiar su poder y voluntad. Una vez Kundaliny hubo irrigado la inteligencia en el hombre, para su propia felicidad, éste dejó de ser un asqueroso reptil, porque la serpiente se seccionó en vértebras y se convirtió en la columna vertebral, entonces el ser humano desde ese instante pudo caminar erguido, sostenido desde adentro por la sierpe salvadora. Adán y Eva se convirtieron, entonces, en envidia del resto de los animales, pero a la vez en la propia desgracia de éstos, al transformarse  en los primeros cuadrúpedos capaces de caminar erguidos y apoyados únicamente sobre las dos patas, y, sobretodo, poseedores de la inteligencia dividida bondadosamente por el colúbrido.
De la hermosa Kundaliny hoy día nos queda su inteligencia dividida, la columna vertebral rematada en el cóccix y su cola eréctil que se manifiesta en el falo de los machos y en el clítoris de las hembras, que gracias a ella y al intelecto se convirtieron en fascinantes veneros de placer y dicha. También recibimos como su herencia la lengua, y,  por consiguiente, su ponzoña aunque sin colmillo, ya que el Demiurgo en una de sus mohatras había alcanzado a crearle una glándula venenosa con la esperanza recóndita de que ella se suicidara, tragándose su propio veneno. Igualmente, nos queda su cambio de piel como símbolo de la hipocresía, porque el Artesano también le hizo esta treta con el fin de que ella misma no se reconociera.  Para riqueza del espíritu humano adquirimos el intelecto creador y recreador, fuente del conocimiento, la belleza y  de la sabiduría, pero para el infortunio del género humano nos queda también la herencia del Demiurgo, es decir el temperamento genético con el que fuimos dotados, y en donde arduamente se alberga, se aferra, el odio, la envidia, la terquedad, la discriminación, el deseo de poder, la venganza, y, sobre todo, la muerte, porque como lo dice Milan Kundera, el ser humano es aquel que mata a sus congéneres por placer.  Y en eso radica la verdadera intríngulis, es ahí en donde está el árbol del bien y del mal, y ha sido, es y será, mientras subsista la especie humana, la lucha entre el intelecto y el temperamento, entre el Demiurgo y Kundaliny, entre  Ormuz y Arimhán, entre Yahvé y Luzbel, y la lucha de doce mil años, según los parsis, solamente terminará cuando el oscuro engaño dé paso a la luz y el intelecto venza definitivamente al temperamento, y esto ocurrirá precisamente cuando la raza humana sucumba entre su propia desgracia temperamental, y surja una nueva especie de seres dotados de inteligencia pura de entre las ruinas postreras de una civilización que despreció el amor, el más caro hijo de la inteligencia y unigénito redentor, y amó al odio, el más preciado vástago del temperamento y astuto simulador. De todas maneras, nos quedará el orgullo y el consuelo de haber transportado el intelecto desde Kundaliny hasta el Homo Novis. ¡Serán los tiempos de la segunda venida de Kundaliny!