MICHEL ZAMUDIO -MÉXICO-

Hola lector:
 
Mi nombre es Michel pero me puedes decir Mich o Mikha.
Estudio mi segundo año de doctorado en la capirucha.
Bebo demasiado café, me gustan mucho los postres, tomar fotos e ir al cine.
Sufro crisis existenciales los días que terminan en “S” o vocal y a veces me abruma demasiado la vida.
Esto es sólo una ligera expresión de cómo ha sido la pandemia desde mis males contemporáneos y la persecución de un sueño.
Espero que la disfrutes, que sea de tu agrado y que estés bien.
 
Con cariño:
Mikha
 
Mención Honorífica del Concurso “Relato corto en la vida de un becario” en su 2da Edición.
 

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PÁGINA 27

 

 

 

Cuatro meses y contando.

 

Un día de agosto del 2020.

 
 
Aún resuena el eco de una voz que nunca llegó.
Mi mirada sigue clavada en la puerta.
Mi rostro estampado en esta mesa.
Mi café ya está muy frio.
 
Hola persona:
 
 
Yo no te conozco, tú no me conoces. De hecho, si somos puntuales, yo sólo sé que de algún modo tu dirección llegó a mis manos y que la situación en el mundo no es tan grata. Sé que por el factor de que no nos conocemos se me hace más fácil contarte lo que está pasando y como está pasando.
 
Quisiera decirte que todo está bien a pesar de lo que leemos, vemos o escuchamos en las noticias.
Quisiera decirte que no nos ha afectado de manera alguna, qué México es un país disciplinado y organizado, y que pasamos a semáforo verde hace un par de días. Te mentiría si te dijera todo esto.
Quisiera decirte que mis días son increíbles, maravillosos, que tengo TODO bajo control y que no me he doblegado en ningún momento a lo largo de esta pinche maravillosa pandemia.
No sé dónde vives ni cómo estás manejando esta situación, quiero creer que estás bajo la misma lupa que yo, quiero creer que todos los días despiertas con dudas, incertidumbres y quizá hasta con miedo.
 
No soy un motivador personal, tan sólo soy un estudihambre de doctorado que quiere hacer algo “chingón” con su vida. Que quiere hacer algo realmente bueno por la humanidad, que sintió que el postgrado era el camino correcto y sacrificó mucho para llegar a este punto de su vida.
¿Sabes?
Aún despierto de madrugada preguntándome si estoy en el camino correcto, aún despierto con la respiración agitada, aún tengo pesadillas con aquellos o aquella que dejé allá en Tijuana. Sueño con mi familia, mis disque amigos y un amor que dejó cicatriz profunda que sigo sanando. Cuando entré al postgrado nunca me imaginé que pasaría por cosas tan raras, complicadas y pesadas para mí. No ha sido todo malo, he conocido gente increíble, asombrosa, maravillosa, y de un modo u otro, te conocí a ti. Dato irónico dado que no conozco nada de ti, pero quizá cuando termines de leer esto, tú y yo seamos algo así como amigos, y si la vida es justa, nos reuniremos para beber café, mezcal, vino o cerveza.
¡Lo que tu gustes culer@!
 
¿Quizá te preguntarás quién soy?
Soy el animal número dos, pero tú puedes llamarme Mikha, y hasta hace cuatro meses, un estudiante activo en su segundo año de doctorado.
Hasta hace cuatro meses las cosas se descontrolaron en México, si somos sinceros, poco antes pero nos hicimos MUY weyes, justo como nuestro presidente.
 
Hasta hace cuatro meses… aún recuerdo muy claro esa semana.
Estaba en el laboratorio leyendo papers para el marco teórico de mi tesis, preparándome para mi predoctoral. Espera, volvamos un poco atrás, hay cosas que supongo que necesito contarte para que entiendas el cómo y el porqué de las cosas. No espero que te identifiques, sólo quiero que lo sepas para que me sigas el viaje.
 
¿Por qué hago mi marco teórico en el segundo año del doctorado?
¿No debería ya estar haciendo mis experimentos?
¿No debería ya estar redactando las bases para mi publicación?
¿No debería?
¡¿No debería?!
¡¿No debería?!
 
Entré al doctorado en enero del 2019, y en resumen… entré con dos directores. Uno por parte de la institución y otro en un hospital donde desarrollaba mi cama de pruebas; pasando tres días en el hospital y dos días en la institución respectivamente.
Para no dorarte mucho la píldora, mi asesor de la institución lo diagnosticaron con cáncer, y en la primera semana de junio falleció. Era una gran persona, te mentiría si te digo que no lloré por él. Es fecha que se le echa mucho de menos, tenía una gran conversación y daba el consejo adecuado en cualquier momento, más que mi asesor, llegó a ser mi amigo.
El segundo asesor… no quiero profundizar en el tema, sólo diré que en el violentómetro llegué a algo así como a los 10 u 11 puntos. Fue más fácil que me asignaran con un asesor nuevo y me cambiaran de proyecto completamente que negociar con la persona. De igual manera, no le guardo rencor, nadie da lo que no tiene. Que Dios le bendiga y ya.  
Y ya para ponerle una rica y suculenta cereza en la cima del pastel, debido a todo el estrés y el maltrato, en octubre fui diagnosticado con depresión y ansiedad generalizada.
¡YA SÉ! ¿PUEDES CREERLO?
¿Quién diría que el insomnio, los dolores de cabeza, la falta de apetito y la sensación de que soy un inútil no son normales?
¿Qué? ¿Sólo yo?
Bueno. Igual, ya llevo meses yendo a terapia, por si eso te tenía con el pendiente. Ya dejé de ver salidas dónde no se suponía que debía de verlas… ¡y sin pastillas!
¿Me gané una galleta?
 
Regresemos. En diciembre tuve mi liberación del asesor que me maltrataba, se me asignó mi nuevo asesor y mi proyecto nuevo.
En teoría este año tendría que ser mi año pero ¡oh sorpresa! En febrero se dio el primer caso de COVID en México; en marzo el primer muerto y en la última semana de marzo suspendieron clases, “idealmente” porque yo estuve yendo a la institución en abril, y hasta que no hubo dos casos confirmados dentro de la misma fue que suspendieron actividades. Llegó una circular como por eso de las diez de la mañana a nuestro correos que decía que se suspendían actividades por casos confirmados de COVID dentro de las instalaciones de la gloriosa institución.
Mi nuevo asesor nos hizo una junta, pidió amablemente que tomáramos todas nuestras cosas, que nos lleváramos todo lo necesitáramos para trabajar desde casa y abandonáramos las instalaciones lo antes posible.   
Yo cogí una pila de papers para mi marco teórico, libros, libretas, mi laptop, mi mochila y salí de la institución cargando mis cosas en una caja de cartón, justo como cuando despiden a un Godín.
Mis otros compañeros de laboratorio se regresaron a sus respectivos estados de origen, yo estuve interactuando con personal médico una semana previa a nuestra suspensión y por eso decidí quedarme en la capirucha. Por miedo a cargar el bichillo aquel con mi familia y contagiar a todos en mi hogar.  
¡Ah, sí! ¡Lo olvidé! ¡TAMBIÉN SOY FORÁNEO!
¿QUÉ? ¿CÓMO?
¡Ya sé! Soy el combo completo, y si tuvieras la dicha de conocerme en persona creerías que soy el chiste personal de Dios. Pero bueno, esa es OTRA historia.
Regresando a la semana de desalojo. NADIE esperaba que fuera a durar tanto tiempo. Los dimes y diretes auguraban que a más tardar en junio estaríamos de regreso como si nada hubiera pasado.  
Al final, todos cogieron. Cogieron sus libros, sus libretas, sus papers, sus mochilas, sus sueños, sus miedos, su incertidumbre, su paranoilla, y algunos más dichosos a sus parejas, novias o lo que trajeran de lonche, yo no juzgo. Yo solito, soltero y célibe.
**se persigna**
 
Siendo sinceros… no pensé que la situación fuera tan grave. En esa semana todavía regresé un par de veces a la institución a recoger un poco más de mis pertenencias para trabajar desde casa sin tanto problema.
La primera semana no fue tan pesada salvo que cerraron los cines, los museos, los gimnasios, los bares, los restaurantes. Cancelaron mis clases de baile, mis talleres presenciales y no se podía ir a ningún lado en pocas palabras. Debo admitir que fue admirable como se manejó la primer parte. Nadie extrañaba sus actividades en la primera semana. En especial porque no piensas que la cuarentena fuera a durar tanto. Para mí fue una semana donde me dormí muy tarde y me desperté muy temprano.  
Una semana donde vi tanto cine en línea como pude, leí un libro en una semana, fui con mi sicóloga, y sólo observaba con un poco de miedo la situación en otros lados del mundo. Las gráficas crecientes de los casos y la cantidad de personas fallecidas. Por el área en la me muevo, tengo nociones básicas del virus, entonces no me explotó la bomba de la ansiedad como a muchos, sin contar que casi un año de terapia hace maravillas (enserio). Para muchos el inicio de la pandemia era la etapa más pesada del año, para mí no era ni la mitad de lo que había vivido el año anterior.  En resumen, era una semana de vacaciones.
 
Y aquí es cuando todo se pone raro. Para finales de abril la ansiedad y la depresión se dispararon.
Dejé de dormir.
Dejé de comer.
Dejé de hablar con mis amigos y familiares.
Me aislé.
         Me convertí en la sombra de un ser humano que desconozco.
Mi migraña aumentó de manera exponencial.
Comencé a perder peso de manera drástica.
 
La alcaldía en la que vivo estaba (y está) en los primeros cinco lugares de contagios. Y lo único que escuchabas eran los comentarios de boca en boca de los vecinos que hablaban de que el abuelo o el tío o el familiar de fulanito había fallecido de neumonía atípica; en la madrugada sólo se escuchaban ambulancias; salías a la calle y no había ni una sola alma en ella. Las escuelas cerradas, los gimnasios, los parques, todo. Ni un perro topé en las calles ese día que me animé a salir para ver a mi terapeuta.
Todos los foráneos del edificio en el que vivo se regresaron a sus hogares, y me quedé sin vecinos. Me quedé sólo con mis roomies. En la colonia reinaba un silencio abrumador. En las noticias sólo reportaban el aumento de casos y fallecidos. Yo me convertí en un fantasma en mi propia casa. A las tres de la madrugada movía objetos, deambulaba por la habitación, el baño, la cocina, la sala. Mis suspiros acariciaban el silencio. Los ataques de ansiedad me abrazaban con la misma fuerza que una madre abraza a sus hijos. Subía ocasionalmente a la azotea del edificio y caminaba a través de ella hasta el borde de la misma, me convertí en el fantasma de mi colonia.
A mediados de mayo y con todo lo que tenía encima, después de casi diez años de haberlo dejado, regresé a fumar. Con eso llegó la culpa de recaer en un vicio, de hacer algo que sabes que te hace mal pero tienes este vacío que necesitas llenar y sin actividades para liberar endorfinas, no encontré mucho a donde orillarme. Dejé de dormir (más). Mi ciclo de sueño se convirtió en tres siestas de media hora al día, una a las seis de la mañana, otra a las 11 y la última a las seis de la tarde. Mis ojeras llenaron mi rostro y mi ritmo de trabajo disminuyó drásticamente. El 23 de mayo toqué fondo.
Llegué al punto en el que mi terapeuta me dijo que si las cosas no mejoraban, lo ideal sería recurrir a chochos para estar “feliz”. A las “happy pills”, como me gusta llamar a los antidepresivos. Entre toda la maraña mental que cargaba, la idea de ser feliz por medio de una píldora nunca ha sido para nada de mi agrado.
¿Qué sucede cuando tocas fondo?
Quisiera decirte que conocí a Tyler Durden pero te estaría mintiendo. Solamente fue un mano a mano con todo lo que estaba pasando por mi cabeza en esos momentos. Una catarsis emocional acompañada de una playlist de canciones dolidas en un sábado por la noche y un café extra cargado. 
 
Lo mejor de tocar fondo es que sólo te queda una dirección para avanzar: hacia arriba.
 
En esa última semana de mayo me harté, me cansé, me fastidié de ese ser que vi en el espejo y que no pude reconocer. Ese último lunes de mayo desperté a las 5:30 de la mañana. Hice una reestructuración en todas mis actividades.
Regresé a meditar, regresé a hacer ejercicio con lo que tenía a la mano, regresé a leer y avanzar en mi trabajo de tesis, regresé a reportar mi progreso con mi asesor una vez por semana. En una semana avancé lo que no había avanzado en las otras cuatro anteriores.
Los garrafones de la casa se convirtieron en mi set de pesas, estoy seguro que si los garrafones tuvieran rostro o expresión, me verían con cara de “otra vez viene este pendejo a cargarnos”. Adapté lo que tenía a la mano. El ejercicio es importante, liberas endorfinas, con la masturbación también pero la verdad nunca ha sido de mi agrado, sin contar que con el ejercicio por lo menos te ves mejor desnudo y te ayuda a descansar mejor.
Como extra, tiré la caja de cigarros. Aún recuerdo que en un ataque de ansiedad fumé cinco seguidos. Winston Churchill hubiese estado orgulloso de mí.
Para junio… comencé a organizar ensayos del pre doctoral; me inscribí a diversos talleres en línea: lenguaje de señas mexicano, poesía y uno que pensé que era de oratoria y terminó siendo clases de canto en línea. Deberías escucharme practicar los ejercicios de calentamiento, te cagas de risa.  
En junio fue mi cumpleaños, honestamente ese cumpleaños lo quería pasar en la playa desparramado como ballena encallada, bebiendo un coco y con arena hasta en las partes más inimaginables de mi cuerpo, pero terminé pasándolo en el departamento con mis roomies. Esa semana hubo ley seca pero para mi suerte y como buen alcohólico de closet que soy, tenía una botella de vino guardada.
Música, botana y vino, un encierro de semanas y un tall cake de chocolate.  
¿Me creerías que he tenido peores cumpleaños?
A dos de mis amistades les dio COVID y no les pude ver hasta julio porque les mandaron a cuarentena, para mi fortuna ninguna enfermó tan grave, entonces de síntomas “leves” no pasaron. Igual, les llamaba relativamente seguido para saber cómo seguían de salud.
Pregunta ¿ya te aburrí?
Todo este tiempo he sido egoísta y te he hablado solamente de mí. Supongo que es la parte del aislamiento social la que me hace andar tan parlanchín. Para no enfadarte tanto, no me prolongaré mucho más.
Siguiendo con junio y con todo esto que va sucediendo, me dediqué a buscar el modo de mantener a raya la ansiedad y todos los males que conlleva esta puta pandemia.
¿Cómo?
Bueno, ya tienes un panorama general de las actividades que realizo. 
¡Ah sí! Aprovechando este celibato, también aproveché y fui a donar sangre. Si estás en una situación similar a la mía, deberías de seguir mi ejemplo, digo, que valga de algo el estar así ¿no crees?
También me uní a un grupo de meditación en línea, ahora tengo la capacidad de flotar medio metro sobre el suelo y escupir “yoga fire”… mentira, sólo estoy más en control de mis emociones y ya.  
Pasó junio y entramos a julio (ya sé, soy bien pinche listo), la cuarentena se siguió prolongando y la gente cada vez le vale más la situación del aislamiento social. Poco a poco las calles se han ido llenando de gente que usa su cubrebocas en la frente, en el cuello, en la barbilla, en todos lados menos en donde debería de ir. Le dan sentido a todos esos ejercicios que te ponen en el kínder de colocar el cubito en el cuadro, la espera en el círculo y así; se nota que ellos no lo hicieron. Los tianguis se volvieron a colocar, los restaurantes volvieron a abrir y la vida volvió en un modo muy raro a recobrar su curso “normal”. La “nueva normalidad” le llaman, para mí se siente como una chaqueta mental, pero a la par es un modo de regresarle la esperanza a la gente.
En general, cada día se ven más personas en la calle, y todos despuntan en contra del presidente o del sub secretario de salud. Los terraplanistas siguen insistiendo con sus cosas, la gente piensa que cuando les toman la temperatura en la frente les están produciendo cáncer, y por ello les parece normal que les registren una temperatura de 32 o 34°C en el antebrazo, algunos más extremistas beben cloro y otros sin darse cuenta producen formol o inhalan productos derivados del cloro (que evidentemente les hacen más daño).
Los mamados de los gimnasios se manifiestan haciendo ejercicio en las calles para ser humillados por un policía que es atleta paralímpico.
Las mujeres siguen alzando la voz en contra de todas las injusticias que les han tocado vivir en los años y que a pesar de la pandemia se siguen presentando.  
Los niños están cada día más obesos y buscan incentivarlos para que coman saludable y hagan ejercicio.
Siguen apareciendo terminología que me hacen sentir viejo porque no los entiendo, como la cultura de la cancelación o la comunidad tiktoker y otras cosas que mi cerebro no consigue comprender bien.
Nuevamente se escuchan fiestas no permitidas en la madrugada. Locales abiertos donde en teoría deberían de entrar de uno en uno pero a la gente ya no le importa y ves hasta cinco personas en espacios pequeños.
A estas alturas de la pandemia ya es normal que una o dos de tus prendas tengan machas causadas por el agua clorada.
A estas alturas de la pandemia, tengo conocidos que les dio COVID y lo sobrevivieron, pero también tengo un par que no. Les guardo su minuto de silencio aquí en el corazón.
A estas alturas de la pandemia… sigo viendo a mi terapeuta y he conseguido nuevamente tener control sobre mis desórdenes mentales, ah, también no sé si te importe pero gané un concurso de poesía y clasifiqué a la final a nivel estado.
En fin, tú y yo no estamos en el mismo barco, pero si estamos en el mismo océano. Cada uno navegando a como puede. Algunos en yate, otros en una tabla listos para dejar morir a Jack.
Lo único que sabemos es que no sabemos nada. No sabemos cómo irá evolucionando esta situación y si en un futuro todos terminaremos enfermos de COVID o no. No sabemos si todos nos volveremos a ver o no. Aún sigo escuchando ambulancias en la madrugada. Aún me siguen abrumando algunas situaciones que no están en mi control y sigo teniendo días donde la situación me abruma más de lo que debería.  
No sé dónde estás ni quién eres, sólo sé que tu contacto terminó en mis manos y es por eso que decidí escribirte. Sinceramente espero que tu familia y seres queridos estén bien. Que no la estén pasando tan duro como algunas zonas del país. Que tengas un mejor control que yo sobre tus emociones y hayas desarrollado kilos de empatía porque nos hace mucha falta.
No sé si te vuelva a escribir, pero por lo mientras.
Te deseo toda la felicidad que te desees a ti mismo.
Que Dios te bendiga, cuide y guíe tus pasos.
Que siempre tengas luz en tu camino, paz en tu alma y amor en tu corazón.
 
Con cariño:
 
Mikha
 
PD. Pronto presentaré mi examen predoctoral, deséame suerte.