JULIO CRUZ -HONDURAS-

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Nació en la ciudad de Choluteca, Honduras en 1994. Estudió Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Se ha desempeñado en el ámbito energético por la región nacional.
Ha publicado cuentos en diversas revistas digitales. Fue parte del grupo literario San Fierro, ayer, y egresó del taller de cuento No lo cuentes, por favor impartido por Miguel Azul.
ños

Guerra en el Patio 
 

El primero en comprender que era imposible vivir de esa forma fue el padre. Era insoportable llegar tras una jornada larga de trabajo, de una oficina pequeña pero pomposa, para cenar con la familia y luego enterarse que los zompopos habían acabado con las flores. Los veía desde la puerta del patio, porque no soportaba acercarse sin poder gemir ni lamentarse continuamente. Eran unos pequeños que caminaban en manada, realizando círculos, y recorrían todo el solar, desde la parte trasera subiendo por las barandas, se metían por el limonar y cruzaban los cocos hasta desaparecer por el tapial. ¡Unos condenados esos zompopos!
Al principio su esposa le decía que dejara de molestarlos, era normal como todas las cosas de la vida. ¿Dónde no hay zompopos?
—En la otra casa ni existían.
Era un argumento real y certero, y lo exponía con vigor para que toda la familia lo escuchara.
Nada es más placentero que mudarse de casa y llegar, tras vertiginosos años de suplicio y desidia, al rincón soñado. Esa primera semana la pasó enojado y refunfuñando todas las noches, pero no se atrevía a salir al patio y darles partida a los zompopos. A veces permanecía en la sala mientras la hija mayor veía las telenovelas y él argumentaba que antes podía sentarse sin pensar en esas crías, ni las flores, ni nada. También entraba al cuarto del hijo y le lanzaba una arenga desproporcionada que en la otra casa podían contemplar el atardecer y ni se preocupaban del escándalo de los vecinos. Una vez a la semana llegaba su hija menor con el marido y les mostraba desde la puerta cómo las hojas habían desaparecido, ni qué decir de las flores y que parecía que esos condenados se llevarían hasta el muro.
Sólo su mujer lo escuchaba con atención y trataba de animarlo o cambiarle de tema, pero se aburría y mejor ponía el noticiero antes de dormir. Soñaba con ejércitos de hormigas peleando con zompopos en un campo en el cual él estaba a fuego cruzado. Despertaba de la pesadilla y su mujer lo sostenía entre los brazos como un crío, y le decía que todo estaría bien, le preparaba un té de manzanilla y se dormían plácidamente.
El hijo un día lanzó un grito de rabieta cuando, tras haber llegado del colegio, encontró en el patio sus tenis rotos. Eran como mordeduras, no de perros, ni de gatos, ni de otro animal doméstico, animal no existían en esa casa donde apenas cabían los enseres de cocina, las camas en los cuartos y los muebles de casa con sus electrodomésticos y equipo diverso. No había espacio para mascota. Tampoco tiempo, ni dinero, ni ganas. La madre desde ese instante comenzó su infatigable lucha contra los zompopos, no podía ser que tales animales pudieran con tales cosas, ni que fueran ratas. Y por inercia también el hijo adoptó un desprecio natural. El padre los encontró en la tarde recorriendo los caminos clandestinos con el insecticida en la mano, señalando los sitios probables donde esos condenados animales podían pasar, en las plantas y las ramas deshojadas, las piedras y las paredes de ser necesario.
—Eso no funcionará —dijo el padre.
No ayudó a la causa porque, aunque los odiaba, prefería verlos destrozar todo a su paso desde la puerta, injuriando a su familia por realizar desordenes innecesarios. A los días se unió la hija mayor con sus tes de sales, la hierbabuena que sabía a menta con olor a tomillo, los caminos de café, el padre renegaba porque, ¿cómo van a gastar el café de esa forma, hombre?, una desesperación que nadie entendía cada mañana, ya no sólo eran las flores y los ornamentales, también la ropa tendida con agujeros, la pared que empezaba a despedazarse y los hijos de su chingada hasta las piedras roían. El hijo abandonó las tardes de videojuegos para recoger a su hermana que llegaba con el cipotio de cinco años y se sentaba en el patio a ver cómo los demás preparaban una batalla campal.
—¡Dejen de perder el tiempo! —les decía el padre.
En esos días lograron la primera victoria. La hija mayor llegó con un fungicida eficiente, de unas conchas y palos tratados químicamente, lo regó por todos los caminos ya descritos y se levantaron a las doce de la noche a cerciorarse de que esos canijos se llevaran todo, hasta el último grano: la siguiente noche no aparecieron. Fue una fiesta y algarabía que sólo el padre no compartió. Lo vieron desplazarse por toda la casa gruñendo porque la oficina lo tenía exhausto, pero hay que hacerlo para pagar esa condenada casa. De hecho, pasó las siguientes dos semanas quieto frente al monitor de la envejecida PC contemplando las fotos familiares, sentados sobre unos bloques de la pequeña terraza de la antigua casa de Los Llanos, mirando a los gatos que aún vivían o desgranando los elotes en el pequeño jardín de enfrente.
—Usted está obsesionado con esa casa —le decía la esposa.
Maldecía, apagaba la PC y se metía a la cocina a pelar un mínimo. Pero su esposa tenía harta razón. Desde que se mudaron a la Miraflores, todos los sábados salía a caminar por sus adoquinadas calles y avenidas, fotografiando los nances y albaricoques o las familias que paseaban a los perros. Animales, que, de alguna forma, le recordaban aquellos que criaron en la vieja casa hasta que murieron. Así se montaba al auto y vagaba por Los Llanos a observar desde la calle a los nuevos inquilinos, con sus costumbres que a él le prodigaban asco. No se podía poner una alfombra en el frente de la casa. ¿Cómo no riegan los rosales?, o ¿quién carajos sembró esa sábila?
Cuando el nuevo inquilino comprendió que los asechaban cada fin de semana, lo increpó desde el porche. El padre trató de defenderse con insultos, recriminando su gusto desordenado para adornar casas.

—Si lo veo nuevamente aquí —le gritó el nuevo inquilino— lo sacaré a putizas.
En esa ocasión se retiró de mala gana. Otro día regresó. El nuevo inquilino departía junto a otros tres hombres en la calle y al divisarlo, enjuto y pretensioso, lo persiguió por todo el barrio como loco, soltando escobazos en la nuca cada que lo alcanzaba. De esa aventura guardó un par de cicatrices en el lomo y su esposa reía si lo veía cambiándose de espaldas. Pasó dos días en cama porque ya no tenía edad para meterse en jaleos y follones.
—Usted no entiende, Melina —le decía a su esposa—. Ese condenado está degenerando la casa.
—¡Y eso a usted qué le importa! Déjelo que la casa no es suya, y nunca lo fue.
Una tarde de sábado llegó contrariado y molesto. Su esposa quiso saber qué le ocurría. Se metió al cuarto y pasó toda la tarde en un mutismo esotérico. Salió en la noche a cenar y luego, cuando la encontró lavando ropa, le dijo que habían botado el tapial.
—¿Cómo que botaron el tapial? —preguntó ella.
—Si, para hacer un parqueo techado. ¡Como si lo ocuparan los condenados!

Entró en una soporífera depresión cuando se enteró que ahora tumbaban la fachada, la verja y eliminaban el jardín en donde había dejado los últimos diez años de su vida. Intentó ponerse en contacto con el dueño de la casa, pero este le argumentó que contractualmente no podía hacer nada, es más, ellos se estaban comportando como ningún inquilino.

Para entonces los zompopos arremetieron con sus atavíos de guerra enfundados en alas, cuya estratagema dejó a la familia sin posibilidades de contrarrestar; aparecían en pequeñas manadas, por nuevos caminos, tras caer una tenue vaguada. Aunque quisieran seguirles el rastro, era imposible porque desaparecían por un par de días y cuando menos los esperaban, en plena tarde se subían a los retoños de las flores y se hartaban las hojas más tiernas. Ya ni los fungicidas los detenían, efecto de su nueva estrategia, ni qué decir de los remedios caseros que la hermana mayor multiplicó con los enjuagues de cebolla, la leche podrida o el cloro con detergente. La madre se desmalló cuando los encontró en la cocina, en las noches y madrugadas llevándose las migas de pan. Intentaron cerrarles el camino, pero envilecidos y con sed de venganza amanecían todos los días quejándose de las bolsas rotas y la comida agujereada. El colmo del caso llegó cuando lograron entrar al refrigerador, joder, ¡como si esos trúhanes no tuvieran límites!
Poco a poco desistieron de su labor y cedieron terreno. Desesperada, la madre intentó convencer a su marido de que contratara unos expertos en plagas. Aunque a él poco le importaba, ya ni qué decir de las flores, pues en su cabeza sólo guardaba el recelo del inquilino. El hijo menor dejó de pasar las tardes en la casa cuando trituraron los cables de alimentación de la PC; la hermana mayor se acostaba en el sillón a ver telenovelas y luego tenía encima a unos zompopos caminando por sus brazos como si de senderos vergeles se tratara; y la hermana que estaba casada llegaba a reírse porque para ella todos eran una banda de pendejos.
—Hay que meterles fuego —decía.
Y la madre lo hizo. Pero las llamas lo único que lograron fue quemar una parte del muro trasero y secar el naranjo que era ya sólo un esqueleto café.
Importunaron, hostigaron y se confabularon para enloquecer al padre con sus quejas zompoperas: la leche siempre aparece rota, las paredes ya las comienzan a agrietar, se van a comer la casa esos hijos de puta.
 —¡Por un demonio! —gritó el padre, en una de esas reuniones.
Todos guardaron silencio, con respeto. Lo vieron salir al patio, cruzar esa puerta que se resistía desde el día en que se mudaron y buscar por todos los rincones el afamado nido. Luego se perdió en la calle, y aunque era de noche, regresó con un bulto de tierra que parecía ser la casa de otros zompopos y se los tiró encima, como si de mierda se tratara. De tal forma los zompopos desaparecieron definitivamente, como si un soplo los hubiera enviado lejos.
Desde entonces la casa entró en un estado de confusión natural: mientras el resto de la familia volvió a sus actividades cotidianas, el padre se sumió en una tristeza profunda: caminaba restregando los zapatos por el patio, se sentaba frente a la calle a contemplar el atardecer, aunque en realidad sólo veía a la gente pasear a los perros y perseguir a los gatos perdidos. Y pudo seguir en ese estado hasta el día de su muerte. Sin embargo, nadie entendió cómo, pero un sábado llegó con el rostro sangrando y cojeando como si le hubieran arrancado algún extremo del pie. Se mostró feliz y comenzó a sacar la ropa del ropero. Reunió a todos a la hora de la cena y les dijo, eufórico, que debían también empacar, porque regresarían a la vieja casa.