FRAN NORE -COLOMBIA-

                   >

PÁGINA 29

 

 

FRAN NORE Caldas – Antioquia. Escritor, poeta, actor y diseñador gráfico, escenógrafo y director artístico, cantante y pintor. Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía, 2003. Premio Departamental de cuento “Ciudad de Caldas" 2004. Premio de periodismo CIPA, 2010. Premio internacional de periodismo Ana María Agüero Melnyczuk, 2013.  Premio certamen anual de literatura internacional L.A.I.A El molino 2014. Premio Internacional XI Certamen autobiográfico “Un Fragmento de mi vida” Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía A.C. 2016. México. Premio internacional de novela Freeditorial. 2017. Premio mundial de ilustración Imartgine 2017. Premio “Mapa descolonial, un mural colectivo". Universidad de México UNAM 2021.
 
 
 

 

 

ASESINO DESCONOCIDO

 
 
 
  Hay que estar en silencio para ahuyentar la ira, me dijo el hombre sentado en la banca del parque, en actitud reveladora. En un silencio fuerte y ceremonioso. El silencio ayuda los nervios. Cuando la crispación nerviosa es demasiado aguda, el silencio es el mejor aliciente. Refresca incluso los pensamientos turbios, revitaliza la respiración y aclara las ideas confusas.
  El hombre sentado en la banca del parque, austero y expectante, tenía las manos con restos de sangre, sangre humana, ignoraba de quien. Pero de seguro no había matado a ningún inocente animal salvaje en las inmediaciones del parque poblado de fauna silvestre.
  La noche continuaba su marcha inasequible. Flotaba en el ambiente una bruma negra que nos envolvía a los dos, allí sentados.
  No alcanzaba a comprender la actitud del hombre que se sentía quizá angustiado, deprimido, perdido en su comportamiento errático.
  El hombre parecía estar todavía en un estado de crispación epática, con los ojos abiertos sobremanera, inyectados en linfa.
  Aligeró un cigarrillo entre sus nerviosas manos que llevó a su boca. Tenia unos labios delgados y morados, tal vez por el frío.
  Me quedé mirándolo sin sentir miedo.
  El miedo lo tenía él en la mirada, en la forma de mirar, en la forma de protegerse de la noche y el frío.
  En medio de la oscuridad del parque, notaba que su traje café claro también relucía unas manchas sangrantes.
  El humo de su cigarrillo alejaba la brumosidad.
  Luego de un silencio siniestro, apabullante, que duraba una eternidad, me atreví a preguntarle.
―¿Estaba usted de cacería? 
Abrió los ojos desorbitados para mirarme incisivamente.
 Expelió una bocanada de humo que se mezcló con el aire nocturno.
―No. No estaba de cacería. O tal vez sí…
Y reinó nuevamente entre los dos un silencio delator.
 La atmósfera del parque a esas horas de la noche se rarificó.
―¿Ha matado usted a alguien? -rompí el incómodo silencio y lo acribillé con mi pregunta incisiva.
―Sí, a mí esposa -dijo alterado, haciendo notar su exaltación.
  Lanzó otra bocanada de humo de su cigarrillo de lo más profundo de sus pulmones. Esto le ocasionaba algo de relajación.
  Al cabo de unos instantes rompió el silencio con un lloriqueo quedo y desconsolador.
―Lo siento mucho -atiné a decirle con una afectación cómplice.
  El hombre encontraba consuelo en su inesperado lloriqueo y en su cigarrillo pronto a consumirse. Se recompuso. Exhaló aire profundamente. Los hálitos de la noche como elíxires lo reconfortaban.
―No podíamos continuar… todo se había vuelto tan insustancial entre los dos…
―Comprendo…
  Una nube del humo de su cigarrillo cortó la conversación.
  Deshizo en trizas la colilla del cigarrillo. La restregó con la suela empantanada de sus zapatos negros.
―¿Y dónde ha arrojado el cadáver? -lo increpé impulsado por la curiosidad.
  Me miró de hito en hito. Eructó. Como si la nicotina lo hubiera insuflado.
  Señaló con los dedos temblorosos una zanja cercana hacia un flanco oscuro donde la vegetación parecía opacar aún más la visibilidad.
―¡Allí está!
    Y volvió a ese llorón comportamiento indeseable.
―¿Ha llamado a la policía para entregarse?
―¡No, no, la policía no lo entendería!
  El pobre hombre había matado a su esposa en el parque urbano de fauna silvestre, como si se tratara de un animal. Ahora sufría de remordimientos sentado en la banca.
  La noche se deslizaba en la noche.
  Contaba los segundos, los minutos en que me pudiera deshacer de su traumática presencia.
―Pues debería informar a la policía. Si no lo hace otro, sin duda lo hará. Los vigilantes del parque hacen turnos cada seis horas y muy probablemente encontrarán el cadáver de su esposa. Inmediatamente lo van a comprometer…
  Dejó de lloriquear y se recompuso. Volvió a tomar aire, creía que el aire nocturno apaciguaba su descaro y desfachatez.
―No puedo llamar a la policía. Me recriminarían con el propósito de ajusticiarme, son expertos en eso… Les importaría un comino mis sentimientos…
―Pero, debe hacerlo… debió haber pensado eso antes de asesinar a su esposa…
―Por esa razón me senté aquí, a reflexionar… sobre la perversidad de mi acto… me he limpiado la sangre… pero tendré que volver a inundarme en ella, como comprenderá tendré que matarlo también a usted, no puedo dejar testigos, y usted de repente ha salido de la nada a sentarse aquí a mi lado en esta banca del parque ignorando lo que ocurría…
―Es una buena idea que piense asesinarme… Le cuento que estoy decepcionado de la vida… ¿Me permite un cigarrillo?
―Sí, tome…
―Gracias… páseme el encendedor, por favor…
―Aquí tiene…
―Como le digo no quiero vivir mucho… por eso me he sentado aquí, usted me pareció un tipo simpático a estas horas de la noche sentado en esta banca del parque tratando de ocultar su cruel accionar y justificar un crimen atroz…
―Sí… yo…
  Y repitió unas cuantas resquebrajaduras de llanto incontenible.
―Perdóneme… déjeme continuar, por favor… Como le digo, tengo una esposa insoportable, sé que tiene un amante y me engaña frecuentemente con él… Yo la amo, más de lo que uno puede amar a una persona, es decir sin límites, pero no quiero seguir viviendo en esa situación bochornosa… traté de acostumbrarme a sus infidelidades… como un tonto resignado pero enamorado, pero no resultó… de hecho estaba buscando a alguien que me asesinara… ¡qué suerte haberme encontrado con usted!
―Entonces… ¿Está de acuerdo en que lo mate?
―¡Por supuesto, caballero! Me haría un gran favor. Usted es el asesino que estaba buscando. Y que mejor que en esta noche sin estrellas, oscura, envuelta en esa bruma oscura abominable… ¿No le parece? ¿Con qué asesinó a su esposa? ¿Con una navaja o con un arma de fuego?
―Nada de eso… la estrangulé… su cabeza la estrellé varias veces contra las rocas de ese camino que se divisa por ese extremo…
Y volvió a señalar con los dedos temblorosos un lugar impreciso del parque.
―Es una buena forma de matar a alguien… sin duda…
―Con ella me movía la furia… ¡Lo siento tanto!
Y volvía a los lloriqueos incesantes.
―No tiene por qué sentirlo. Son gajes del oficio. Del oficio de los tontos hombres enamorados.  ¿Y qué no hace uno por amor?
 En la parsimoniosa bóveda de la noche asomaba una estrella migrante.
 No estaba inquieto, no tenía miedo de ser asesinado por un desconocido, es tan normal y cotidiano en estos parques de la ciudad, a estas altas horas de la noche.