CARLOS APONTE -VENEZUELA-

                   >

PÁGINA 31

Nací el 07 de enero de 1988 en el caserío Terecay de la parroquia Cabruta, municipio Juan José Rondón del estado Guárico-Venezuela. He publicado con la editorial Afrodita mi poema "tu distancia" y con la editorial goldeditorial el cuento "Anamelia desaparecida". Soy finalista del concurso "notas migratorias Cesar Vallejo" (Perú 2022) seleccionado para el próximo número de publicación de la revista Zur (Chile 2024), con mi poema "olvidar amando"
Tengo una recopilación de relatos en un libro que publiqué este año, en la plataforma wattpad, titulado "relatos de luz de luna"
Mis redes sociales:
Instagram: carlos88apon.
Facebook: Carlos aponte.
Twitter: carlosnep88
Blog: letrasconfesa.com

 

 

EL PEQUEÑO MIGRANTE Y EL CLUB DE LOS BOTONES SOLITARIOS.
CAPITULO I: EL ORIGEN Y  LA PÉRDIDA.

 


—Cuando llegamos a Flores de Obregón fuimos reprochados por nuestro gentilicio, mis hijas estuvieron al borde de la locura por el acoso escolar, a mi esposa y a mí por poco nos matan. Ahora somos parte de sus raíces, este pueblo no fue malo… solo se dejó envenenar— fue la respuesta de mi padre a la reportera.
 Nadie debería ser excluido por su nacionalidad, condición mental o física, pero lamentablemente la intolerancia carcome el alma de algunos. Una de las peores palabras que he oído en este país y fue golpe para mis oídos…  "veneco".
Para comenzar a contar esta historia, recalco las raíces de mi origen, recordando de dónde vengo. En mi escuela aprendí que tengo tres símbolos que me identifican, un hermoso himno llamado "Gloria al Bravo pueblo", el segundo es una colorida bandera que encierra en sus acuarelas la majestuosidad de un país, y tercero un escudo de armas, que en sus tres pequeñas divisiones cuenta las historias de grandes batallas qué se libraron para formar una patria además, mi cariñosa maestra de geografía me decía a viva voz: "América es una patria grande".
 Nací donde según mi abuela, se forjaron los primeros sueños de libertad, hermosos valles de Aragua, específicamente en la ciudad jardín de Venezuela. Mi Maracay luminosa.
Soy el mayor de cuatro hermanos Luisa quien me antecedente, con siete años de edad, luego Isabella Y por último Santiago. Isabella con cinco años y Santiago de dos, nuestra hermosa casa estaba en el barrio los cocos, era la de rejas blancas con un par de piedras en la puerta de entrada, las ponía mi abuela como fieles guardianas para que no estacionaran  vehículos frente a la casa. La gente en mi barrio tenía poco respeto por el derecho de frente de los demás, pero no los quiero aburrir con pleitos de vecinos desadaptados. En vez de eso les contaré de dos temas que han perturbado mi infancia, el bull ying o chalequeo como decimos en Venezuela, y el segundo la migración. El primer tema me cuesta un poco más de tratar, creo que es por el hecho de que aun mi amigo Diego Camilo quién hoy día está en terapia de rehabilitación, debido a la hipoxia cerebral que sufrió por picaduras de abejas, producto de la maldad de algunos compañeros de la escuela. Al igual que el recuerdo de mi amiga Anita, presa del abuso intrafamiliar que le desgarró el alma y le succionó la vida.
 Siempre trato de ser el mejor en clases me gusta además divertirme con mis amigos, hacer chistes pero no confundo el humor con la ofensa o la humillación. Considero que no cualquier cosa perturba mi tranquilidad,  no por eso creo que todos los demás sean así, llevo una lección que escuché en la escuela dominical de la iglesia cristiana que estaba al lado de mi casa,  "no hacer con lo demás como no me gustaría que los demás hicieran conmigo". Que  lección más hermosa, aplicarla me ha hecho merecedor de elogios por parte de los mayores, tales como: —que niño tan empático, ojalá nunca cambie su personalidad.
 Teniendo apenas 6 años oía a mis padres tener acalorada discusiones, el punto de origen de las disputas era el mismo, la falta de dinero. Mi capacidad comprensiva para ese momento era más precaria que la que poseo ahora, tal vez fermentada por las circunstancias, pera esa época mi facultad racional estaba centrada en mi impaciente estómago.
No sabía  de una palabra que al emigrar tuve que añadir a mi vocabulario, “ xenofobia". Y aún hay otros términos que a pesar de aprenderme su definición, no los entiendo.
Mi madre decía a papá:
 —aquí nos va a matar el hambre solo por qué tú no te atreves a salir del país —cada vez que discutían en su habitación.  Mi padre un hombre de leyes, graduado en una de las mejores universidades del país, solo sabía hacer lo que su carrera de abogado le había enseñado. Ahora que lo pienso creo que mi padre tenía razón en no querer salir, según como yo lo veo la salida del país donde se nació y creció, se puede tornar oscura y agresiva para unos, pasiva y triste para otros, y para los resilientes como mi familia, así considero a mi grupo sin jactarme y más adelante sabrán que lo digo no por exaltar, pues la narración de los hechos se los dejará a la luz del sol. Fue una experiencia que moldeó nuestras vidas para siempre, yo no sabía lo que era una recesión económica, pero si una arepa sin relleno. No me importaba en lo más mínimo lo que era un bloqueo económico, pero si sabía de los bloqueos mentales en el kínder al no poder distinguir los colores por el cansancio que sentía por la molestia en el estómago, tampoco entendía el dólar para paralelo pero si el angustioso llanto de Luisa por un tetero al que le faltaba la leche, no comprendía lo que era una diáspora, pero si el mal genio de mi madre apunto de dar a luz incitando a mi padre para que saliera del país a buscar oportunidades. Para los que ya estén pensando que mi madre era la troncha toro venezolana, no siempre tenía ese comportamiento. Mi madre es un amor de mujer, pero con un embarazo avanzado y las cosas del bebé sin poder comprarlas, tres niños más que no entienden de escazes, ustedes juzguen si tenía razón o no la pobre de estallar ante la pasividad de mi padre.
 La contraparte perfecta de mi mamá hecha a la medida era mi señor padre, ella toda planificadora milimetricamente, esperar no es su virtud le gusta el accionar a corto plazo, mi padre por el contrario es de "mañana veremos qué pasa". Mi abuela Ernestina vivía también con nosotros era la madre de mi papá, también la niñera a tiempo completo, la abuela era de esas que uno se pregunta ¿por qué no son eternas?, ella era la de contar cuentos por las noches para que pudiéramos conciliar el sueño. Nos consentía y apoyaba en casi todo, menos en decir malas palabras, era de avanzada edad tenía arrugas de alegría y canas de felicidad, yo sospecho que tal vez oyó entre las tantas discusiones de mis padres, el pretexto de que no se iban del país por no dejarla a ella sola, creo que la abuela se sentiría como una carga aunque nunca me atreví a preguntarle, ella tampoco lo comentó, pero los abuelos como todo ser humano no son eternos. La muerte no tiene consideración con adultos jóvenes, niños o ancianos, creo que es como el verdugo cobrador de la renta, el cual no le da importancia a tu situación económica para llegar a cobrar. Entre los días qué he marcado como de lo más triste de mi corta vida, ha sido el día que mi padre llegó del hospital con lágrimas en los ojos y exclamó:
—la abuela nos dejó.
 A veces cuando estoy triste miro al cielo y me preguntó: — ¿podrá oírme?— le he pedido a Dios que abra una ventana, para que todos los niños una vez al año puedan ver a sus abuelos y pedirle la bendición junto con un beso que nos dure hasta el año siguiente. Tenía yo siete años Cuando ocurrió esto,  debo hacer grandes esfuerzos para mantener viva la imagen de ella, no tengo una fotografía, ya que ella en su terquedad tenía una rara creencia de no dejarse tomar fotos, el motivo no lo sé siempre que se le preguntaba respondía: —porque no me gusta, no me insista —la abuela era un mar de ternura fusionado con terquedad, para que su recuerdo no muriera en mi, le hice un dibujo con la imagen que más recuerdo de ella, sentada en la sala con un vestido blanco de flores azules con el borde por debajo de sus rodillas, leyendo una gruesa biblia de estudio que habia heredado de su madre fiel cristiana como ella, la cual conservamos como reliquia familiar.
 Nació Santiago, la abuela se fue pero un nuevo miembro llegó, mi madre como buena administradora tuvo que rehacer nuevas estrategias para distribuir con equidad los recursos de la familia. Yo ya pasaba de kínder a primer grado, eso implicaba cambio de uniforme, Luisa para el kínder e Isabella para el maternal.
 Extrañado de que mi madre estuviese desempolvando la máquina de coser de la abuela le pregunté:
—¿la vas a vender?
—no Hijo voy a empezar a cocer porque este año los uniformes los hago  yo, no hay de otra.
Se sometió mi madre a un curso intensivo en la casa de la cultura por todo un mes, parecía una súper heroina. Omnipresente, así se dividía en ser madre y autodidacta entre los retazos de tela que conseguía con sus amigas para así entre coser, descoser y cortar tratar de darle forma o por lo menos parecido a una camisa o a un pantalón. Todo lo que a medias había aprendido lo memorizada hasta tarde la noche, por medio de tutoriales que veía en su teléfono. Su tenacidad no le permitía rendirse —mis hijos no van a quedar analfabeta —la escuché decir en voz baja,  luego de reprocharse a sí misma por puntadas mal dadas sobre la tela, su meta era perfeccionar los uniformes antes del inicio de clases, y con un esfuerzo casi sobrehumano a la primera semana de septiembre los uniformes estaban listos con algunos detalles, el pantalón de mi uniforme tenía un ruedo más alto que el otro, lo cual ella disimuló ponermelo más bajo de un lado de la cintura, para compensar la falta de tela en la bota. La tela roja del uniforme de Luisa se había dañado producto de los múltiples cortes mal calculados, por tanto reajustó las medidas del que yo había abandonado aunque el reajuste falló por centímetros, pues un lado de la franela quedó más alto que el otro, pero se disimulaba con llevarlo por dentro del pantalón. La real privilegiada libre del desastre de calculos fue Isabella,  debido a que el único retazo de tela se dañó por mal corte y no hubo manera de recuperarlo, pero en el maternal no ponían traba por ir en ropa casual.
  La reorganización de los recursos abarcó todas las áreas, por tanto el desayuno escolar no sería la excepción, las bebidas eran alternas el jugo dejó de tener azúcar y el café dejó de tener leche. No creo tener que explicar para dónde iba lo que se conseguía, la arepa también llegó a ser alterna, unos días era con mantequilla y otros días con queso, pero no se juntaban la mantequilla y el queso. Algunas veces tenía que compartir mi arepa con otro niño menos favorecido que solo llevaba en su mochila agua, aunque el líquido es base para la vida, no evitaba el desvanecimiento de algún niño a la hora del receso. La precaria situación no se podía tapar con un dedo, era tan marcada que se dividió a los estudiantes en dos grupos, el que tenía desayuno se quedaba hasta la hora de salida. Los que no, se podían ir a sus hogares, recuerdo siempre la marcada respuesta de Felipe con quién más repetidas veces había compartido mi desayuno —maestra ¿y para que me voy a ir a la casa? de las paredes no se come —eso dijo él, pero otros tomaban la opción y se iban para evitar la penosa situación de ver a otros comer frente a ellos. Si me preguntan por el comedor escolar, a mi parecer eran más inventores que cocineros, lo único que les llegaba era arroz, y habían aprendido a prepararlo de manera inimaginable en presentaciones que ni un chef Michelin con todo su ingenio lo haria. Solo que ese ingenio no lo hacía parecer más apetitivo, era irónico oír a la nutricionista qué visitaba cada ocho días la escuela, hablar de dieta balanceada.
Mi madre dispuesta a paliar la situación y haciendo valer su nombre, vendió una olla de presión y con el capital puso un cartel en la puerta que decía: "tortas y helados Valentina". No sabía para ese entonces como eso nos ayudaría, economicamente, mis hermanos y yo hacíamos pataleta cada cuanto pedíamos un pedazo de torta, y nos decía: —esas son para la venta —sí notamos que hubo un cambio, el jugo volvió a tener azúcar, en el café volvió a tener leche y el pacto de separación del queso y la mantequilla en la arepa, se había roto.
Mi padre seguía centrado en su pasiva confianza de que todo mejoraría, que la situación iba a cambiar, y vaya que había cambiado, pero el parecía no darse cuenta. La abuela había partido al viaje sin retorno, mi madre se había convertido en el sostén del hogar. Haciendo la venta de una torta en dos días lograba reunir el sueldo de un mes de mi papá. Se preguntarán ¿como una situación tan crítica compraría torta? la respuesta está en qué mi país se tiene por costumbre valerse de cualquier cosa para realizar una fiesta.
 Muchos habían emigrado de sus trabajos para realizar negocios propios, unos menos honestos que otros, por ejemplo el vecino Richard se había pasado seis años trabajando para la alcaldía, pero la escasez y su mal ingenio lo llevaron a la decisión de convertirse en bachaquero, para los que no se relacionan, con este término se etiquetaba a las personas que compraban de manera no lícita productos básicos para la vida, y los vendian a precios exorbitantes aprovechándose de la necesidad. En fin fue como un nuevo oficio, surgido en medio de la crisis deshonesto, sí pero se hizo tan común que se tornó normal al paso del tiempo, a pesar de que indirectamente nos afectó como familia.
 

CAPITULO II ANITA.

 


 Dedicado con mucho fervor para Anita.
 Siguiendo el hilo de mi relato sin perder el rumbo, recuerdo a Anita quien fue mi amiga, y considero honroso contar su historia para que no quede en el olvido. Les debo  advertir qué los hechos son muy crueles aunque no los detallo por respeto a ella, muestran ese lado oscuro que la humanidad escoge para manchar la vida, ¿por qué lo sé a mí corta edad? porque lo viví de cerca. Anita era la niña más vulnerable que ocupaba un puesto significativo en mi escaso círculo de amigos, y si digo era no precisamente por habernos alejado físicamente, ya me entenderán porque dejó de serlo.
Anita vivía en la calle San Lorenzo del barrio la Esmeralda muy cercano al mío pero, si mi comunidad era carente, la de ella era tres veces más. Era común verla con la camisa del uniforme manchada de algún alimento,  vivía con su padre y su madrastra, ya que su madre biológica había fallecido cuando Anita tenía solo seis años, luego de una ardua batalla contra un cáncer que le arrebató la vida. Por esta razón la saludaban a manera de burla en los pasillos del colegio "Anita la huerfanita". También lo escribían en las paredes, pero era inútil debido a su discapacidad para ver el mundo, así que no podía leer esos mensajes.   Algunas veces me pidió que se los leyera para comprobar que fuera verdad.
A pesar de no poder ver su entorno con sus pupilas color café, no he conocido y dudo llegar a conocer a alguien que captara tan bien las cosas mas simples de la vida como ella lo hacia, y era de tal manera que me hacía pensar que los doscapacitados en realidad eramos los que podiamos ver.
—¿Has sentido las chispas que causan las burbujas del refresco?, ¿o el viento humedo que dentro de si trae mensaje de lluvia? ¿Has sentido el olor a marcador de la pizarra? ¿Sabes como se siente la brisa al rozar  las flores del jardín de la escuela?. ¿Has grabado el rostro de tu mamá en tus manos? Si tu visión fuera como la mía, mirarias al mundo con mayor sentido sin perder detalles.
Me preguntaba sumergida en una emoción que me hacia dudar sobre quien era el discapacitado, ¿ella o yo?. El mundo era mas hermoso desde los ojos de Anita.
Ella cursaba sexto grado tenía doce años, aun así formamos un lazo de amistad debido a que en repetidas ocasiones le llevé un pedacito de torta de las que hacía mamá al banco de cemento que estaba cerca al jardín central de la escuela, allí se sentaba solitaria a observar con clara videncia el universo imperceptible a mis ojos. Con su bastón en mano daba golpecitos al piso marcando el compás de una canción que trataba de la amistad, ¿dónde la aprendió? nunca le pregunté. 
Ella siempre me preguntaba como preocupada por su apariencia:
—¿Cuántas manchas tiene mi camisa? —a lo que respondía para alentarla: —más que ayer, pero te aseguro que menos que mañana, además no se ve tan sucia como te dicen —Era un tipo de mentira de esas que nos atrevemos a decir para no meter más el dedo en la herida. 
Un día me confesó, que el profesor de educación física le asustaba ya que en repetidas ocasiones la había tocado en sus crecientes pechos, me pidió con mucha insistencia que no le contara a nadie, ese era nuestro secreto. Fue en realidad mi más grande error, estoy seguro que de no haber callado ella misma les contaría la historia hoy en día.