CARLOS ALBERTO GARCÍA PENTÓN -CUBA-

PÁGINA 21

 

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Mi nombre es Carlos Alberto García Pentón. Vivo en Cuba, región central. Soy asiduo lector de literatura latinoamericana. Asisto a talleres literarios de mi comunidad. Nací el 28/Noviembre/1963. Me gusta escribir ficciones que se crucen con la vida real.

 

 

HISTORIA DE AMOR

 
 
Del aeropuerto John F. Kennedy se dirigieron al Dakota. Antonio, después del aterrizaje, pidió disculpas a la azafata. Los tragos de wiski y sus viajes por el pasillo, rumbo al baño, hicieron que la chica encogiera la cara sin dejar de sonreír. El vuelo, desde Miami, duró más de tres horas.
—Edad, próstata y alcohol no ligan —bromeó su hija.
Antonio apuntaló un dedo sobre su frente.
—Tesoro, no hace falta me recuerdes la edad —dijo. Los tres sonrieron.
—Bienvenidos a Nueva York —deseó la azafata en español.
Tomaron un taxi. Querían ver el edificio donde David Chapman asesinó a John Lennon. Bajaron en el noroeste de la calle 72 y central Park West. Antonio imaginó el cuerpo inerte del ex Beatle antes de ser conducido al Hospital Roosevelt, aquella noche de diciembre. Suanny se acercó a la entrada del edificio y preguntó.
—¿Fue aquí, Papá?
—No, pegado a la acera, según los testigos. Después que bajó de su limusina.
—¿Y el chofer no pudo entrar? Es grande el patio.
—Sí, pero le gustaba saludar a sus fans.
Suanny le agarró un brazo.
—¿Feliz? —preguntó.
—Treinta años de espera —comentó Antonio.
 En otro taxi se dirigieron a un hotel. Ella guardaba con celo la factura del hospedaje.  Le urgía un asunto. “Siempre le urgen asuntos”, pensó Antonio. Se acomodaron en la habitación. Antonio hizo una llamada.
—¿A quién? —preguntó Suanny.
—Rosendo y Aurora. Quedé en llamarlos.
—Ah —ordenaba una agenda.
Antonio recordó la cena con el matrimonio de amigos.
“Es mejor que lo resuelvas ahora”, dijo Aurora.
Antonio ladeó la cabeza. Llamó. A pesar de los seis años sin verse ni oírse reconocieron las voces.
En segundos se borraron los filtros de aquella cena.   
Suanny estuvo lista. Bajó para acompañarla. Después de observar el lobby y caminar por sus alfombras quiso estirar las piernas. Eligió un club. Tenía un toque sobrio que desencajaba con la jungla de neones y anuncios colgados por doquier.
A poco se fijó en la joven.
No era bella. Muchas pecas se desparramaban en la cara. Ademanes finos y corta de frases. Tenía recogido su pelo, hacía un moño en la cabeza. Sujetaba un prendedor del color del jersey. El jersey de puntadas finas, gris como las nubes que discernía entre rascacielos. Un girasol estampaba el frente.
Coincidieron en el gusto y el idioma:
—Capuchino con doble crema —dijo Antonio.
—Capuchino con doble crema —repitió la muchacha.
—Cuba —se identificó Antonio.
Intercambiaron. Beatles y Jazz de fondo. Tras la altivez del alcohol, los horizontes astutos de las palabras.
—Soy un Caballero Medieval —bromeó Antonio.
—Mi gracia es Aitana. Viajo de norte a sur y de este a oeste. No soy feminista. Escribo y mi país tiene costas en el Mediterráneo.
—Redondéalo —estimuló Antonio
—Valenciana. Un divorcio de cortita duración. Dos mascotas y nada de Cristo.
—Y Nino bravo —recordó Antonio.
—Ah, sí; y también, Joaquín Rodrigo.
—Oh, El adagio del concierto de Aranjuez —dijo Antonio y tarareó la melodía.
—¿Eso me salva? –preguntó Aitana a punto de sonreír.
—Aún no te secuestro —dijo él y brindaron.
Antonio recordó a Suanny: “Papá, te traga New York”.
—¿Primera vez en la ciudad? —preguntó Aitana.
—Sí.
—¿Qué os parece?
Antonio observaba la imperfección de sus dientes laterales, muy fuera de lugar.
—Alguna vez tuve una historia —dijo.
Aitana arqueó las cejas, subió las mangas del jersey sin llegar al antebrazo. No prestó atención al “tuve una historia”. Permanecieron callados. Unas parejas de caucásicos no dejaban de gesticular. Los separaban dos mesas. Él, iba de esmoquin. La mujer, menor, blusa de seda descotada y jean ajustado. No disfrutaban sus bebidas. A ratos el nítido inglés de ella fluía y Aitana se encargaba de traducir: rabia, impaciencia, desleal…
— ¿La felicidad se resume en eso? —preguntó.
—La felicidad es un puente sin barandales —dijo Antonio—. Al menor tropiezo, caes al abismo.
—Me asustas.
—Todos merecemos un susto.
—¿Eres humano?
—A veces.
Aitana sonrío.
—¿Qué es Cuba?
—Una Isla del Caribe.
—Sí, lo sé, pero redondéalo.
—Creo que en estos tiempos no es redonda ni cuadrada.
—¿Dejaste mucho allí?
—Todo: Hablamos de mi madre.
—¿Otra familia?
—¿A qué llamas familia?
—Al vínculo. La herencia. Lo que te dejaron y dejarás.
—¿Qué vínculo? ¿Qué herencia? En Cuba todos los caminos obligan a dejar de ser.
—¿Cómo así…?
—Hoy el cubano no puede gritar lo que desee. Y es malo vivir con un grito adentro, —dijo Antonio.
—Y…
—No hay sueños.
—¿Me dejas anotar en mi diario? —dijo Aitana.
Antonio no habló. Bebió y ella lo interpretó como un sí.  
Acabó una canción de Los Beatles. Seguido Miles Davis y su trompeta. Gin tonic y Martini sin hielo, repetían. Un solo se adueñó unos minutos de las emociones. Se miraban sin vanidad. Él seguía anclado en las mil palabras de Suanny después del recuentro: caían como chubascos breves. En cenas o eventos la felicitaban por tener un papá. “Wow, tienes un papá” repetían. Antonio rehuyó cada tertulia o cena. Cuando no le bastaban razones para hacerlo, oía lo mismo “Wow, tienes un papá” Un día, atada a la estrechez de su pena, en un restaurante de Miami Beach, se le ocurrió a Suanny: “Te llevaré a conocer el Dakota”, dijo. A poco se percataron de la equivocación, Nueva York no es ciudad para amansar malos recuerdos.
—En cuatro días no se hizo el mundo —dijo Aitana y lo sacó del trance.
—Alguna vez tuve una historia —repitió.
Miró el reloj frente a la barra. Comprobó con el suyo. Había pasado hora y media. Volvió a mirar el reloj y se concentró en una vuelta completa del segundero. En ese minuto su mente estuvo en blanco. Después, atinó: “Única vez en Estados Unidos. Tres meses en Miami y un fin de semana en Manhattan”.
“Qué hace este paquidermo en medio de Nueva York? ¡Tuve una historia, tuve una historia! ¿Acaso todos no hemos tenido montones de historia?” Eso creyó que la chica estuviera pensando cuando vibró el celular dos, tres…
—¿Algún problema? —preguntó Aitana.
—Esta es mi historia —dijo.
Tomó la llamada. Suanny.
— ¿Qué tan lejos estás?
—Pues, en un pueblito a orillas del Mediterráneo.
La broma dio motivo a un último gin tonic. La miró fijo. Aitana sostuvo la vista.
—Me gustan las pecas —dijo Antonio.
—Dicen que me quedan bien —contestó Aitana con naturalidad, sin sonrojarse.
—¿Algún problema? —repitió la pregunta.
—De tour con mi hija. Escribió un libro. Fue a unos asuntos con su editor. Luego se vería con alguien. Ha regresado al hotel y espera en el vestíbulo —dijo Antonio
—Qué divertido, poder pasear con un padre. También tengo uno. Sus peros y caprichos no lo hacen mi héroe —dijo Aitana y, con voz seca, rechazando la mirada, continuó. —¿Dejarías de amar a tu hija por algún motivo?
Llevó su copa a los labios, tragó. Bajó la cabeza. Mordió la aceituna del Martini. Él había procurado, en ese viaje, no tocar temas afines. Ella, traía de vuelta algún pesar. Hay respuestas que uno deja para después o para nunca.   
 
Caminaron unos metros hasta detenerse frente a una pantalla en el Time Square. Anuncios, comerciales, top models y, lo más atrayente, noticias de Cuba en tiempo real. Algunas personas se detenían. El vídeo mostraba manifestaciones.
—¿Dónde? —preguntó Aitana.
—En Cuba —respondió él.
—¿Siempre es así?
—No —dijo Antonio.
—¡Qué pena! –resumió Aitana bajándose las mangas del jersey.      
Se agradecieron sin sellar amistad.
—Ojalá y las cosas mejoren en tu país —dijo y viró para regresar al club
—Gracias —expresó Antonio.
Ella volteó y levantó un brazo.
 
— ¿Cómo que a orillas del Mediterráneo? —se interesó Suanny.
No hubo respuesta. Los apuraba un encuentro. Se reunirían con unas amistades, viejos conocidos de Suanny de su época estudiantil en la Universidad de Massachusetts.
A la salida del hotel pasaron junto a la pantalla gigante. La cosa empeoraba. Miró los rascacielos.  Una chica, de senos enormes, preguntaba a un taxista una dirección. Obvio, la dimensión de los senos ganaba a su curiosidad monolingüe. Dio una propina a un mendigo. Llegaron tarde a la cita. Nada importaba, estaban en Nueva York. Menú exquisito, vinos moderados. Alguna anécdota alcanzó su inglés: “¿Recuerdan, amigas, la gran orgía?”, articulado por una pelirroja apenas dobló el segundo chupito de tequila. Al comenzar la anécdota fue al baño. Se saciaron con sus recuerdos. Pagaron entre todos. Fue feliz.
 Por el cansancio se pospuso la invitación a una obra en Broadway. Caminaron hasta el hotel. La pantalla repiqueteaba lo mismo.
— ¿Por qué gritan todos? ¿Por qué golpes? —preguntaron dos niños a sus padres.
Suanny se les acercó, pudo lucir su perfecto inglés, los niños la besaron y la pareja, al verla caminar hacia el padre los observaron.
 
Al llegar toman el ascensor.  Era latino la persona que lo manejaba, recordaron el clima de sus países. Se divirtieron con el suvenir comprado por Suanny a su mamá, coleccionista de ranas ornamentales. Entre ambos disfrutaron el descorche de una botella de champagne. Las copas brillaban. El primer brindis fue por estar libres; el segundo y tercero, por la salud y… Nueva York
—Cuba, papá, Cuba —dijo Suanny sin que tuviera peso la frase.
Seguido, abrió la valija. Tomó cremas, una bolsa transparente con cosméticos de marcas y fue al cuarto de baño. Él durmió. Se desveló. Pensó en su madre, vieja, triturada por el tiempo, los malos hijos, nietos. La Suanny preferida. En años ni la pregunta de “cómo estás, abuela”.  Recordó a la Aitana del jersey, su girasol resaltando dentro del gris, con fuerza y orgullo por su Mediterráneo. Pensó en la familia de Time Square
 
 
 
Murmuró frente a las vidrieras y los restaurantes del aeropuerto. Volvió a hacerlo ante la comida que desperdiciaban los clientes. También, ante los cientos de idiomas, abrigos, bolsos, paraguas dejados por doquier.
Una joven lo rozó y quedaron de espalda. Fue certera: No lo intentes, nunca alcanzas a creerte Nueva York. De súbito lo atrajo esa voz, era igual, franca, desnuda y un humor a medias. Al girar, no vio nada.
“Te traga New York”, recordó a Suanny.   
Desde la ventanilla del American Airlines dijo adiós a la ciudad de la estatua más simbólica del mundo. Un cuarto de hora llevaba en el aire cuando, desestimando el protocolo del barbijo, Suanny se volteó.
—Papá, ¿qué hacías a orillas del Mediterráneo?
La azafata sonreía frente a sus asientos.
—Wiskis —pidió Antonio.
Suanny no repitió la pregunta. La miró, mientras se iba quedando dormida. La siguió mirando sin comprender por qué a orillas del Hudson, antes de subir a una lancha de recreo, tomó un poco de agua en un vaso y ordenó: “abre las manos”. Vertió el agua y preguntó.
—Es fría papá, ¿eh? ¿Es fría el agua del Hudson?
No dijo más. Valoró hacerle una pregunta antes de regresar a Cuba: ¿Por qué echó en sus manos el agua gélida del Hudson? Luego pensó que el clima, donde vivió su etapa de universidad, le perturbó el carácter hasta redondear un ser etéreo; y que nada, ni siquiera la iluminada Nueva York, iba a mostrar el camino que condujera a dar una respuesta feliz a la Aitana del Mediterráneo.
 
—Sueño cumplido —dijo Suanny.
La frase gastadísima de luz al final del túnel, Antonio no la vio nunca.
—Gracias —dijo. 
La madre esperaba. Ya en el coche, le guiñó un ojo y, antes de llegar a la autopista, preguntó.
—¿Cómo les fue?
Rieron.
—Aún tengo las manos heladas por el agua del Hudson —dijo Antonio.
—¿Qué? —tras el asombro la madre bajó el audio.
—Nada, mamá. Una ocurrencia mía a orillas del río.
Imaginó a Aitana oliendo el salitre del Mediterráneo. Recordó al poeta: “Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno”.
Volvería a Cuba en cinco días. Compraron cerveza en un autostop. Fue alegre para él no escuchar la pregunta “¿Te quedas?”
—¿Podrás quitar el aire, la radio y abrir las ventanillas? —pidió Antonio a la madre de su hija
—Vaya, el hombre necesita aire puro —dijo la mujer.
—Sí, mamá, hazle caso; démosle aire puro —jaraneó Suanny.
Cubrían la ruta del aeropuerto hasta Miami Beach. Rindió tributo a la mejor apuesta, el silencio. Miró el mar, lo surcaban yates. Pescadores viejos y nuevos, agazapados en los puentes, preparaban cañas y anzuelos.
—Let It Be —sugirió Antonio.
Fue complacido.
—¿Y mi conejo? —Suanny se interesó por su mascota.
—Bien. ¿Y mi rana? —preguntó la madre— ¿De quién fue la idea?
Antonio siguió aferrado a las imágenes del exterior. Let It Be, repitió al ritmo de los Beatles. Cerró los ojos. Huyó de la charla de conejos y suvenires.  El trayecto puso fin a la historia. En la mañana, Suanny lo devolvería a la casa del matrimonio amigo que alentó, perseveró y pagó por el viaje.