LEONARDO SANTOS GONZÁLEZ -CUBA-

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PÁGINA 19

Mi nombre es Leonardo Santos González.  (1971) Vivo en el municipio Carlos Manuel de Céspedes, provincia de Camagüey. Desde muy joven escribo poesía y cuento. Pertenezco al taller literario Julián del Casal, donde  he obtenido menciones y premios en sus distintos encuentros de cada año. Uno de mis cuentos fue incluido en el libro titulado “La huella infidente y algún sobresalto. Selección de escritores camagüeyanos en el 2002, publicado por la editorial Acana de Camagüey. Algunos de mis poemas fueron publicados en otro volumen de este género. El volumen se titula “Selección de poetas camagüeyanos. También algunos de mis poemas fueron publicados en otro volumen de este género. El volumen se titula “Selección de poetas camagüeyanos”. Algunos de mis poemas fueron publicados en otro volumen de este género. El volumen se titula “Selección de poetas camagüeyanos”. También algunas de mis obras han sido publicadas en la revista “Antenas”. Publicación cultural de esta provincia.

 

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MODELO EXCLUSIVA

 
   Cuando la voz de su marido se hubo disipado tras el portazo con el cual ponía punto final a todas las discusiones para abordar su auto y partir hacia la empresa, María Amalia se derrumbó en su cama y rompió en un llanto histérico.
   Lo mejor hubiera sido dejarlo en paz y no insistir al saber la mala predisposición de él sobre el tema, pero esto era lo que ella no hacía: - ¡No, no es justo! ¿por qué las demás mujeres pueden trabajar y yo no? ¿por qué?
   ―¿Por qué? -Se le encaraba el de mala manera- ¡Pues porque las demás mujeres son unas egoístas que no se preocupan de sus familias y solo viven para sí! Mira que eres desconsiderada María Amalia. ¡Si te lo doy todo! Observa a tu alrededor. ¿Qué falta en esta casa? Y ahora me vienes con eso de buscarte un empleo. Dime, ¿Acaso una mujer agradecida abandona su hogar, a su esposo solo para ganarse cuatro pesos? ¿O piensas pagarme todo lo que te he dado con eso?
   La casa, es cierto, se encontraba colmada de todas las comodidades que una mujer pudiera soñar.  Su closet se hallaba abigarrado de una tal cantidad de ropa como para que ella misma llegará a considerarlo una exageración. Esta idea podría sugerírsela, seguramente, las pocas oportunidades que tenía para exhibirlas. Salvo en fechas señaladas como su cumpleaños o el de su esposo cuando este invitaba a sus amistades más allegadas. En su mayoría funcionarios de su propia empresa o de otras, con el rango e influencia suficientes para ir a acreditarse un puesto en la mesa de la sala con el surtido de comida requeridas para una celebración como esa. Siempre, cuando esto ocurría, tenía la impresión de no tener más pretensión en estas veladas que la de fungir como un trofeo lucrativamente adquirido igual a cada objeto en aquella casa. Le reafirmaba este aire impostado la suspicaz actitud hacía ella de las puntillosas mujeres -queridas o esposas- que acompañaban a aquellos hombres y ante las cuales debía apelar a toda su afabilidad para disimular su irritación, que para nada le permitía disfrutar el momento y más bien le hacía desear que todos se marchasen. No. María Amalia precisaba algo más que la tutela y el orden de un marido que la consideraba el prototipo de toda excelencia y la obligaba a permanecer recluida entre paredes impregnadas con aromatizantes. Lo malo era que ella no encontraba el modo de infligir tal control. No hallaba la forma de cambiar la dinámica de aquel matrimonio que, con todo lo utilitariamente dispuesto, no conseguía siquiera suplir la carencia afectiva de una amiga, pues cuando María Amalia persistía en su propósito de invitar alguna el hombre se negaba por considerar que solo servirían para restituir las malas influencias que en el pasado pudieran ejercer sobre ella. Por otra parte, pese a encontrarse en uno de los puntos más populosos de la ciudad en cuanto a tiendas y supermercados, tenía en realidad pocas oportunidades para ir de compras ya que le había sido adjudicada una mujer para estos menesteres. Además, María Amalia era incesantemente monitoreada en cada uno de sus pasos. Sino siempre personalmente si a través del teléfono que en la sala y con una extensión en su cuarto, se convirtió en un incondicional aliado del marido dentro de aquel entorno claustrofóbico, pues debía permanecer expectante a que sonara el aparato a una u otra hora del día para de inmediato atender su acostumbrada letanía.
   Un muro alrededor de la casa denegaba todo acceso a los vecinos y le dejaba como único medio de comunicación con el mundo exterior la puerta principal de salida a la calle, la cual consistía en una alta reja. Por si fuera poco, con la recomendación de tenerla siempre cerrada por precaución ante los ladrones. Solo faltaba por tapiar el traspatio, separado por una malla de la vecina que vivía de ese lado. Aunque, explícitamente hablando, a tal vecina no se le podía considerar una interlocutora válida. Septuagenaria; su conversación tendía a temas más bien devaluados en cuanto al gusto de María Amalia. Pasaba la mayor parte del tiempo hablando de sus achaques y enfermedades y esto no incidía positivamente en el estado de ánimo de la muchacha, al ver en la anciana una anticipación de su propio devenir. Esta había enviudado hacía unos cinco años y desde entonces no contaba con más compañía que la de su único nieto, el cual su hija se lo había dado en crianza desde muy pequeño. Ahora, Jorgito había cumplido 14 años y más bien parecía uno de esos muchachos que de tan distraídos siempre andan derivando por los celajes. La abuela solía recriminarlo con frecuencia pues detestaba esa clase de esnobismo que consideraba el pasarse el día jugando con su celular; un reciente obsequio del padre. Esto, según ella, solo había contribuido a desorientarlo cuando era hora de que comenzara a interesarse por cosas más terrenales: el procurarse alguna que otra noviecita, por ejemplo. Pero Jorgito no era tan ingenuo como la abuela pretendía.
   Cuando María Amalia extendía sus brazos por encima de la cerca para entregarle a la vieja un poquito de sal o algún condimento que aquella con frecuencia le solicitaba y su bata de casa por casualidad se desabotonaba dejando al descubierto uno de sus senos, el muchacho se le quedaba mirando boquiabierto. En cualquier otra circunstancia esto le hubiera hecho sentir molesta, incluso herida en su amor propio pues María Amalia podía hacerlo todo excepto aparecer como una desvergonzada. Es fácil inferir entonces que, más que una intención preconcebida, fue su propia imposibilidad de comunicación, aquel aletargado vivir acogida a los caprichos de su esposo lo que le hizo concebir aquella idea genial y traviesa que la liberaría de tan atroz aburrimiento. Cierto: una importante consideración ética se interponía. Se trataba de un menor de edad al que debía mantenerse al resguardo de cualquier disuasión malintencionada y más aún de la naturaleza que ella se había propuesto. Pero María Amalia estaba dispuesta a pasar por alto toda consideración de este tipo con tal de lograr su objetivo y el primer paso consistía en ganarse poco a poco la tolerancia del muchacho hasta llegar a un punto que considerase el adecuado para solo entonces proceder a ejecutar su plan. Ahora, en sus encuentros con la anciana, María Amalia se hacía valer de cualquier argumento para extenderse en su conversación, mientras como al descuido, como si lo hiciera desprovista de toda intención, deslizaba una y otra vez sus manos sobre su bata de casa. Las apretaba con fuerza para develar a través de la tela cada porción de su cuerpo sin omitir ningún detalle en el modelado de sus curvas. A sus movimientos le ponía un algo de obsequiosa lentitud para así prolongar el placer visual que esto provocaría en el muchacho, al cual aun sin mirarlo, podía presentirlo auscultándola. Después de varios días de sucesivos tanteos María Amalia llegó a la conclusión de que era justo el momento de abordarlo abiertamente. Aprovecho una mañana que la abuela salió a una de sus contingencias médicas y adoptando una expresión confidencial le dijo: “Sabes Jorgito, estaba pensando que si tú me prestases el celular solo un momento yo pudiera mostrarte un jueguito que estoy segura te gustará mucho más que todos esos que tienes ahí”. Al principio Jorgito se mostró perplejo ante esta insólita propuesta. Debió preguntarse cuál juego pudiera resultarle más interesante que aquellos de tan disímiles variedades contenidos en su móvil. Pero las palabras intrigantes y al mismo tiempo provocativas de la mujer no tardaron en exacerbar su curiosidad y hacerle entregar el teléfono por encima del cercado. Ella, después de encerrarse durante largos minutos en su cuarto regreso y se lo devolvió, pero no sin hacerle antes una recomendación: “Ahora, quiero que observes lo que yo estoy haciendo aquí. Pero, además, quiero que invites a tus amiguitos a sumarse y veras que entre todos será mucho más divertido”. Así, María Amalia se convirtió en una suerte de gurú que inmersa en su ritual arengaba a toda aquella plebe adolescente a cortejarla. Para esto, casi a diario les hacía llegar a través de Jorgito los más variados videos que de inmediato contaban con el consenso del cada vez más multitudinario gremio virtual.
   A veces en medio de estas sesiones cuando María Amalia con redoblado encomió se introducía un tubo de desodorante sport vía vaginal, recibía la llamada de su marido. Sin cambiar para nada de postura respondía con voz edulcorada y le sonreía como siempre solía hacer, aunque él no la pudiera ver. Le sorprendía su propia presencia de ánimo; el sentirse tan segura de sí y no acosada por la más mínima sombra de prevención. Incluso se le hizo deseable que él la llamara en tales momentos pues era como si se cumplieran sus anhelos de ser un poco más libre y esto lo asumía como un desafío en las mismas narices de aquel hombre terriblemente posesivo, quien se creía al tanto de sus hábitos y de sus más ocultas manías y sin embargo no era capaz de evitar que ella lo engañara no con uno o dos hombres sino con una muy heterogénea masa de adolescentes gracias a las bondades de las nuevas tecnologías. Lo más curioso es que tampoco experimentará ni el más leve asomo de pudor cuando él llegaba del trabajo y la besaba como ocurrió una tarde de un día insólitamente caluroso.
   - ¡Por dios! ¡Qué día he tenido hoy!  Voy a darme un baño con el agua bien fría, pero primero quiero que me prepares un buen batido -.  El hombre decía esto mientras aferraba a la muchacha por la cintura y le daba a punta de labios uno, dos y tres besos. Después fue hasta la sala donde se desplomó en un amplio butacón a disfrutar del aire acondicionado.  -Es increíble lo malo que está el tráfico. La gente anda como loca. Sobre todo, los muchachos. Imagínate que cuando venía para acá debí frenar para no atropellar a dos de la secundaria que cruzaban la calle sin mirar ni para los lados, de tan absortos como iban con sus celulares. Debían prohibirles andar con esos artilugios, son una verdadera epidemia. Se les hacen tan obsesivos que los mantienen en un estado de perpetua ansiedad sin permitirles estudiar como es debido y en cambio les concede el acceso a cosas de las cuales en mi infancia ni siquiera se podía hablar. Tanto es así que el jefe de área de nuestra empresa sorprendió a su hijo de solo 13 años con uno de esos videos porno grabado en su móvil. Lo pude ver. Se trataba de una muchacha de cuerpo bien proporcionado quien se masturbaba con un tubo de desodorante sport, mientras se contorsionaba con una insolencia tal como no se es posible concebir-. El hombre dijo esto último con el aire perturbado de quien ha visto poner a prueba su incuestionable integridad y en secreto se avergonzará de no poder apartar su mente de semejante orgia.
   Debe ser muy bonita- se aventuró a opinar María Amalia, pero de una forma escueta, como por hacer solo un comentario y no le diese la menor importancia al asunto. En realidad, le aterraba la idea de que el marido pudiera sospechar y, finalmente, se diera cuenta de aquella insólita exposición suya. En tal caso ni valiéndose de toda su astucia lograría disuadirlo de su decisión de echarle a la calle y apenas con la ropa que tenía puesta como entró a esa casa. Quién sabe, además, adónde podía llevarlo la exasperación al saberse de tal modo injuriado. Con la respiración contenida aguardó expectante por la respuesta del marido. Este se levantó de su asiento y regresó a la cocina donde ella trajinaba. Se situó a sus espaldas y rodeándola con los brazos dio rienda suelta a sus mimos.
   ―No, eso no lo sé, pues la muy condenada no se deja ver la cara, solo del cuello para abajo. Lo más probable es que sea casada y de esta forma logra burlar al esposo. El pobre hombre quizás sea alguien influyente, lleve una vida ordenada, formar, y nada imagina sobre las andanzas de su mujer- y para reafirmar su convicción al respecto se puso a declamar contra aquellas que, valiéndose de la confusión de estos tiempos, no se detienen ante escrúpulo alguno respecto a todo lo que concierna a satisfacer sus bajas pasiones. Una vez desahogado su resentimiento abrazo con más fuerza a la muchacha y pegando la boca a su oído le habló con un susurro que era a la vez severo y paternal. ¿Vez María Amalia lo que siempre te digo? ¿Qué tienes tú que buscar en la calle? Tan ingenua como eres, de seguro tendrías a todos los rescabucheadores de la ciudad tratando de aprovecharse de ti. Mírate en el espejo. Con ese cuerpo te podrías exhibir en las mejores pasarelas del mundo. Solo que, mientras vivas en esta casa, serás una modelo exclusiva para mí-.
   Ante este comentario María Amalia suspiró aliviada. Comprendió que no debía temer reprensión o castigo alguno y hasta pensó en una frase que pusiera de manifiesto su gratitud por encontrarse al amparo de un hombre que le dispensaba tan prudente cuidado.